Sit tibi terra levis, Aurora ¿Qué queda de las personas que forman parte de nuestro pasado? Los recuerdos, las memorias, no suelen ser una fuente fiable.
Evidencias expuestas desde hace décadas por la neurología confirman lo frágil que es aquello que evocamos y que solemos apuntar como “la verdad”.
Puedo recordar con mayor exactitud la manera en que preparé la greca esta mañana, pero al cerrar los ojos y tratar de traer a la memoria el día del parto de mi hijo, hay una sensación instalada en recortes de imágenes.
Los dibujos geométricos de un vestido; la risa nerviosa del esposo sin un rostro específico; el dolor punzante en la baja espalda; al doctor sentado en la recepción del área de emergencias de una clínica que ya no existe, con los brazos cruzados y sus palabras de bienvenida: “Hace rato que te estaba esperando”.
Hace justo una semana, el domingo pasado, me enteré de la muerte de una maestra.
Aurora Lockhart impartió las clases en el bachillerato técnico que cursé.
Cuando leo sobre su muerte, en el grupo de WhatsApp de mi promoción de bachiller, me apresuro a escribirle a su hijo, a quien recuerdo con esa sensación de cercanía sin imágenes concretas de esos años de adolescencia, en el que compartimos conversaciones y risas.
Luego pienso en buscar un álbum de fotos impresas, entre las que sé está la presencia detenida de mi maestra Aurora, pero decido no hacerlo.
Cierro los ojos.
*** El aula del cuarto curso de bachillerato Comercial quedaba al final de un pasillo.
Dos puertas, la de entrada, en la parte delantera del aula, donde estaba el escritorio y la pizarra, era en cierta manera una ventana, un punto de fuga, que dependiendo en la parte en que estaba sentada, me permitía ver un recuadro que incluía el verde del jardín exterior del politécnico y las verjas que nos separaban del mundo exterior.
Todo el ambiente estaba en el marco del tono beige y marrón de las paredes, las butacas alineadas (o desalineadas en ocasiones), la larga hilera de las persianas de aluminio con vista entrecortada de jardines, pasillos, paredes y otras persianas.
Nosotras y Sandy, el único varón del curso, permanecíamos allí esperando los cambios de hora (¿era un timbre?) y sólo salíamos al recreo y al descanso de almuerzo antes de las clases verpertinas.
Aurora solía entrar casi siempre sonriendo y siempre con un saludo animado, como para despertarnos o ponernos en atención.
Sus materias requerían un esfuerzo particular, y a veces extra, frente a otras.
Los números pueden ser fascinantes cuando se les comprende o se les prefiere, pero aburridos e intimidantes cuando no son de tu interés.
Mi caso fue el primero.
Aurora me asignó en algún momento como monitora de matemática financiera.
Pienso en su rostro.
No puedo recordarlo sin su sonrisa, su manera de mirarte con atención cuando le hablabas u observaba a alguna de nosotras hacer un ejercicio en el cuaderno o la pizarra, la serenidad de su expresión en el medio de las clases, que mutada a rigidez paciente cuando cruzábamos algún límite; su mirada de orgullo cuando se daba cuenta de que entendíamos, de que avanzábamos en un aprendizaje, ante los pequeños triunfos de las iniciativas dentro del aula.
Su tono de voz… no sé cómo describirlo.
Es un eco que se me pierde, pero que por alguna razón se instala como una memoria grata.
Sonrío con los ojos cerrados.
*** Entro a la funeraria.
He estado ahí antes, pero no ubico las habituales indicaciones de a quién velan en cuál sala.
Así que pregunto y me señalan.
Hay tres personas alrededor del cuaderno de condolencias.
Me detengo un momento, pero desisto y no dejó ningún mensaje de condolencias por escrito.
Entro a la sala.
Un grupo de personas lleva el compás de las oraciones repetitivas guiadas por las cuentas de un rosario.
Los reconozco por especie de estola marrón, cerrada, que cuelga de sus hombros.
“Paz y bien”.
Recuerdo ese saludo de los franciscanos, de su feligresía, de sus grupos.
Me quedo de pie, en una esquina y acompaño el rito en silencio.
Descubro, sin sorpresa, que mi memoria ha guardado con exactitud cada frase de las oraciones y plegarias que recitan.
Las aprendí cuando tenía ocho años, en la catequesis de esa iglesia que tenía paredes hechas con huacales plásticos de refrescos, y que quedaba casi junto a mi casa, en Petaré.
En un momento me ofrecen un espacio en un banco.
Me siento y me sumerjo en esas palabras que no pronuncio, en las que ya no creo, pero sé lo que significan para los que encuentran en ellas refugio.
Observo la tristeza.
Se me hace un nudo imaginario entre la garganta y el pecho cuando fijo la mirada en el ataúd y veo la silueta de quien fue mi maestra.
Sé que no me acercaré.
Me resisto a guardar esa última imagen como una especie close up.
Finalizada la canción que cierra el rito de las oraciones y plegarias, me acercó a mi excompañero de promoción, al hijo de mi maestra, y le abrazo.
Le digo una frase corta en la que deseo que sea sostenido por una fuerza que yo sé que no reside en el dolor, sino en lo que lo rodea.
Salgo de la sala y converso en voz baja con otra excompañera.
Espero a unas amigas que dijeron que irían.
En momentos de silencio observo como llegan más personas, como el ambiente fuera de la sala del velatorio se disipa en conversaciones, en saludos animados.
Encuentro un espacio para saludar y dar mis condolencias a una sobrina de mi maestra, que también fue mi compañera de curso.
“Te vi, me parecías familiar, pero no te reconocí”.
Se lo achaca a mi estilo de cabello, que ahora llevo en sin alisar, contrario a mis años de adolescencia.
Veo otros rostros conocidos, pero sin la seguridad de si corresponden a la memoria que guardo de esas personas.
¿Serán ellos? Habían pasado dos horas desde mi llegada.
Decido irme.
Horas después, en el grupo de WhatsApp una de mis amigas, de ese pequeño grupo que sobrepasamos la adolescencia con un lazo sostenido hasta nuestra adultez, manda un mensaje con una foto.
Era una selfie con uno de los profesores.
Coincidieron en la antesala del salón velatorio y se tomaron la foto, sonrientes.
Era el profesor de inglés de primero o segundo de bachillerato.
Lo reconocí cuando estuve en la funeraria, pero no lo saludé, no creo que me pudiera reconocer.
*** Hace días le pregunté a una de mis excompañeras, y amiga, si Aurora fue la docente de tres materias o de dos o de una.
Ella, que dice tener mejor memoria que yo, me asegura que fueron de tres asignaturas (contabilidad, matemática financiera y administración), que está segura de ello, y que también fue la encargada de nuestro último curso de bachillerato.
Es viernes.
Pongo el álbum de fotos sobre la mesa, pero no lo abro.
Cierro los ojos nuevamente y pienso en mi maestra.
Se me hace un nudo imaginario entre la garganta y el pecho.
Agradezco en silencio haberla conocido.
“Que la tierra te sea leve (sit tibi terra levis), Aurora”, me digo en una voz interna que acompaña la memoria de un rostro sereno y luminoso, cuya voz solía animar el aprendizaje de una adolescente que casi he olvidado.
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