Los acontecimientos de violencia que se han registrado en las últimas semanas en la República Dominicana obligan a una reflexión profunda sobre el rumbo que está tomando nuestra convivencia social.
Casos de agresiones, asesinatos motivados por conflictos personales y hechos vinculados a relaciones de pareja fallidas parecen repetirse con una frecuencia alarmante.
La pregunta es inevitable: ¿qué nos está pasando como sociedad? Durante décadas, la dominicana fue reconocida como una sociedad caracterizada por la solidaridad , la cercanía humana y la capacidad de tender la mano al vecino.
Éramos una comunidad donde predominaban los vínculos familiares , la empatía y el sentido de pertenencia.
Sin embargo, los hechos recientes muestran señales preocupantes de un deterioro en la forma en que manejamos los conflictos y las frustraciones.
Da la impresión de que, poco a poco, hemos comenzado a sustituir el diálogo por la confrontación y la tolerancia por la imposición.
Como si estuviéramos retrocediendo hacia una lógica primitiva donde prevalece la ley del más fuerte , aquella del » ojo por ojo y diente por diente».
Una visión que convierte cualquier desacuerdo en una batalla y cualquier diferencia en una ofensa imperdonable.
Más inquietante aún es la persistencia de una conducta que parecía pertenecer a épocas de barbarie : la idea del » mía o de nadie «.
Esta mentalidad se manifiesta con especial crudeza en algunos casos de violencia de género, cuando una persona se considera con derecho de decidir sobre la vida, la libertad o el destino de quien ha decidido poner fin a una relación sentimental.
Detrás de estos actos existe una peligrosa confusión entre amor y posesión , entre afecto y control.
Nadie pertenece a nadie.
Las relaciones humanas deben construirse sobre la base del respeto , la libertad y la voluntad mutua.
Cuando una ruptura es interpretada como una humillación o una amenaza al ego, se abre la puerta a comportamientos destructivos que pueden terminar en tragedia.
Resulta necesario preguntarnos si estamos fallando en la formación emocional de nuestras generaciones.
Vivimos en una época donde abundan los avances tecnológicos y las oportunidades de comunicación, pero donde parece escasear la capacidad de gestionar el rechazo , la frustración y las diferencias.
Muchos individuos han aprendido a exigir derechos, pero no a aceptar límites.
La violencia no surge de la nada.
Es el resultado de múltiples factores : entornos familiares disfuncionales, deterioro de valores, exposición constante a modelos agresivos de comportamiento y una creciente normalización de la intolerancia.
Combatirla exige mucho más que sanciones judiciales; requiere educación, fortalecimiento de la familia y una cultura que promueva la convivencia pacífica.
Todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo.
Pero para lograrlo debemos rechazar con firmeza la lógica del » ojo por ojo » y desterrar para siempre la idea del » mía o de nadie «.
Una sociedad que normaliza esas conductas deja de avanzar hacia la civilización y comienza a caminar peligrosamente hacia la barbarie.
Profesional del periodismo egresada de la UASD.
Cuenta, además, con concentración académica en Comunicación Corporativa, Marketing Digital, Español, Lingüística y Literatura..










