Desde inicios del siglo XX, Estados Unidos de Norteamérica enfocó sus objetivos en ser potencia, creando diversas doctrinas que definieron su política exterior y de defensa para justificar su hegemonía, que, sin dudas exhibe en lo militar, económico y político, asumiendo confrontaciones en diversos escenarios mundiales y regionales, en base a sus intereses.
Como apasionado de la geopolítica, a fin de entender los últimos acontecimientos políticos-eleccionarios de la región, me sustentaré en las diferentes doctrinas estadounidenses que han marcado su política de seguridad, el cual haré de manera sucinta: Doctrina Monroe (1823).
Estableció que ante cualquier intervención de las potencias europeas en el continente americano sería vista como una amenaza directa a su seguridad nacional, consolidando su predominio en el hemisferio americano bajo el lema “América para los Americanos”.
Corolario de Roosevelt (1904).
Es una enmienda a la doctrina de Monroe, que facultaba el derecho a intervenir militar y financieramente a cualquier país en casos de inestabilidad y evitar la presencia europea en el hemisferio.
Una especie de policía internacional, denominada política del “Gran Garrote”.
Doctrina Truman (1947).
Surge al inicio de la Guerra Fría, con el objetivo de contener la expansión comunista y la influencia de la Unión Soviética a nivel mundial, ofreciendo ayuda económica y militar a los países amenazados, conocida como “Doctrina de Contención”.
Doctrina Reagan (1980).
Basada en el principio de “paz a través de la fuerza”, cuyo objetivo era contener el comunismo a través de políticas estratégicas de ayudas abiertas o encubiertas a movimientos de resistencias anticomunistas en países respaldados por la URSS.
Doctrina Bush (2002).
Los atentados terroristas del 11 de septiembre, cambiaron los viejos paradigmas de la seguridad nacional e introdujeron nuevos conceptos de acciones preventivas, reservándose el derecho de atacar unilateralmente a regímenes y/o grupos terroristas que pudieran poseer armas de destrucción masiva y representen un peligro inminente a sus ciudadanos y territorios.
Aunque la humanidad ha experimentado procesos de rivalidad del poder hegemónico, pasando del bipolarismo al multilateralismo con la expansión de los BRICS y una agresiva presencia de China y Rusia, convirtieron la región Latinoamericana y el Caribe en un espacio idóneo para obtener y preservar sus influencias, dominios e intereses, debido al descuido de los EE.UU, y que el presidente Trump está dispuesto a recuperar.
Esta desatención de su área de influencia natural fue aprovechada por otros actores internacionales, como Brasil, que con la llegada de Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2007), promovió una política de integración latinoamericana y multilateralismo.
Fundó el “Foro de San Pablo”, organismo que aglutina todos los partidos y movimientos de izquierda –grupos guerrilleros– y la llamada izquierda progresista, ejerciendo una gran influencia política, financiera e ideológica que ayudó a sostener y consolidar gobiernos de izquierda en la región, conocido como “Marea Rosa”.
En este contexto, es evidente que el panorama geopolítico hemisférico cambió radicalmente para intereses estratégicos norteamericanos, y la administración Trump en una reinterpretación contemporánea de la Doctrina Monroe, la adapta a su política exterior, concibiendo a América Latina como una zona de influencia exclusiva estadounidense, con el objetivo de contrarrestar el ascenso económico, tecnológico y militar de China, y disuadir las amenazas de Rusia.
No es una nueva visión, sino estrategias políticas encaminadas a recuperar espacios de interés descuidado.
La “Doctrina Donroe”, prioriza la lucha contra el narcotráfico, crimen organizado y el terrorismo, utilizando sus fuerzas militares; y proteccionismo comercial, preponderando su industria y manufactura local, con la imposición de aranceles y el manejo del comercio internacional como herramientas directas de su seguridad.
Nadie discute que las contiendas políticas en la región parecen estar matizadas entre dos corrientes: conservadores y la izquierda progresista, situación que ha generado una peligrosa división en su población, como acontece en Perú y Colombia.
En el caso peruano, Keiko Fujimori (Fuerza Popular), ha optado en (4) ocasiones por la presidencia, siempre acepto su derrota.
A hora, el actual escenario de segunda vuelta electoral, cuyo margen de diferencia es muy cerrado, el candidato de la izquierda progresista Roberto Sánchez (Juntos por el Perú), alega fraude y pide la anulación de 1,751 actas a nivel nacional y de los votos del exterior, que favorecen mayoritariamente al partido Fuerza Popular, quien, al momento de concluir este análisis, mantenía una ventaja de 35,000 votos.
Mientras en Colombia, un outsider de la política, el abogado Abelardo de la Espriella, decidió participar con su propio movimiento denominado “Defensores de la Patria”, asumiendo un discurso “antisistema y disruptivo”, con argumentaciones de extrema derecha, enfatizando la autoridad, orden estricto, reducción de ministerios, el libre mercado, eliminación de la narcoguerrilla y secuestros, además de erradicar los cultivos de coca.
Logró obtener en la primera vuelta electoral un 43.78% y el candidato del gobierno, Iván Cepeda obtuvo un 40.98 %.
Según los analistas políticos de ese país, el candidato oficialista no tiene posibilidades de crecer, ya que aglutinó a toda la izquierda colombiana en su movimiento del “Pacto Histórico”, perfilándose como futuro ganador a Abelardo de la Espriella.
En cambio, la composición del tablero político dominicano es diferente, no existe una izquierda fuerte y los partidos giran en torno a las corrientes políticas conservadoras, y en ciertas ocasiones con vicios liberales.
Nuestra democracia, los partidos y su liderazgo político han alcanzado una sólida madurez, que a veces perdemos de vista, y debemos valorar, puesto que en diferentes crisis coyunturales que hemos tenido, sean políticas, económicas o de interés nacional, los mismos han sabido ponerse de acuerdo, dejando a un lado sus apetencias partidarias y personales, en beneficio de la nación, la gobernabilidad y estabilidad, que exhibimos en los últimos 30 años.
Al final de todo, son sus ciudadanos quienes decidirán democráticamente cambiar o continuar con el mismo sistema de gobierno, mediante el sufragio que impondrá la voluntad de la mayoría, donde invariablemente habrá un ganador.
Solo espero que el liderazgo político peruano y colombiano tengan la sensatez y madurez que ameritan las circunstancias, a fin de evitar la ingobernabilidad, intranquilidad y una confrontación de una población altamente polarizada.
Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES A TODO VAPOR camipe reacción inconformidad.









