En todo el mundo desarrollado se escucha la misma historia cargada de ansiedad.
Desde Bruselas hasta Washington, líderes políticos y empresariales advierten que nuestras economías han perdido competitividad porque los salarios son demasiado altos y la regulación demasiado onerosa.
Si se abarata la mano de obra y se elimina regulación, se nos dice, la inversión privada florecerá.
Este diagnóstico puede parecer de sentido común para algunos.
Pero ahora contamos con suficiente evidencia y experiencia práctica para saber que está completamente equivocado.
En un nuevo estudio para la Confederación Europea de Sindicatos, mis colegas y yo seguimos el rastro del dinero para poner a prueba esta hipótesis, analizando los registros financieros de las 300 mayores corporaciones no financieras cotizadas de Europa durante los últimos 25 años.
Nuestros hallazgos deberían preocupar a los responsables de las políticas públicas tanto en Europa como en otros lugares.
Durante dos décadas, el capital ha sido abundante y barato, y las ganancias corporativas han sido sólidas; sin embargo, la inversión, la productividad y los salarios se han estancado.
La principal restricción al crecimiento no ha sido el costo del trabajo, sino la asignación del capital.
Nuestro estudio detalla cómo las grandes empresas mantienen saludables márgenes de beneficio para sus accionistas incluso mientras sus operaciones reales se ven presionadas.
Las compañías obtienen cada vez más ingresos actuando como agentes financieros —cobrando intereses sobre bonos o instrumentos del tesoro, recibiendo dividendos y prestando dinero a sus propios clientes— en lugar de actuar como productoras.
Como resultado, los pagos a los accionistas han crecido más rápido que las ganancias que los financian.
No solo el sector corporativo no financiero europeo ahorra hoy más de lo que invierte, sino que desde 2009 se ha convertido en prestamista neto del resto de la economía, una llamativa inversión de su papel histórico.
Cuando las ganancias de las mayores empresas europeas se canalizan cada vez más hacia recompras de acciones, dividendos y activos financieros en lugar de hacia la producción y la innovación, el resultado es un creciente costo social derivado de la mala asignación del capital.
A medida que disminuyen los rendimientos del capital productivo, resulta más atractivo destinar cada euro adicional a activos financieros que a una nueva fábrica o laboratorio.
Entre las empresas que estudiamos, el stock de capital está disminuyendo en términos netos; y en todo el sector corporativo no financiero europeo, la formación neta de capital se ha reducido a más de la mitad como porcentaje del PIB desde el año 2000, pasando de 3.7 % a 1.6 %.
Por cada euro de ganancias obtenido por las corporaciones no financieras europeas, la proporción reinvertida —descontada la depreciación— en nueva capacidad productiva se redujo a más de la mitad, cayendo de 18.9 % en 2000 a apenas 7.4 % en 2024.
Los trabajadores han pagado el precio de esta continua acumulación financiera.
La participación del trabajo en los ingresos de la economía real (excluyendo finanzas, seguros, bienes raíces y el sector público) es hoy menor que en 2000, y continúa disminuyendo en varios países europeos importantes.
Más de dos tercios de las empresas que analizamos anunciaron procesos de reestructuración —poniendo en riesgo 2.7 millones de empleos en Europa— y casi el 80 % de esos anuncios provinieron de compañías que registraron beneficios ese mismo año.
La implicación es que los empleos no fueron eliminados como respuesta a pérdidas, sino como una estrategia para aumentar los rendimientos.
Durante el último cuarto de siglo, las ganancias crecieron casi el doble de rápido que los salarios en el sector corporativo no financiero, y las distribuciones a los accionistas crecieron aún más rápido.
Los beneficios derivados de dos décadas de crecimiento de las ganancias fueron a parar al capital, no a los trabajadores que los generaron.
Este problema está lejos de ser exclusivo de Europa.
Refleja la lógica de la financiarización que se ha impuesto a escala mundial.
Pero este proceso se basa en una teoría errónea del valor que no puede distinguir entre crear valor y extraerlo.
Como expongo en The Value of Everything, la disciplina económica ha olvidado la diferencia entre las ganancias obtenidas mediante la producción y las rentas capturadas mediante la propiedad.
Hasta que no corrijamos este defecto fundamental, los riesgos de la innovación seguirán siendo asumidos colectivamente —por los contribuyentes, la investigación financiada con fondos públicos y los trabajadores— mientras que las recompensas se concentrarán cada vez más en menos manos.
Nada de esto es inevitable.
La financiarización es el resultado de políticas concretas, reflejo de decisiones moldeadas por normas de gobierno corporativo, sistemas tributarios, regímenes de ayudas estatales y reglas fiscales.
La tarea de los gobiernos no consiste simplemente en hacer que el capital sea más barato o más abundante (el capital barato no se convierte automáticamente en inversión productiva).
Consiste en cambiar las condiciones bajo las cuales el capital se utiliza y se distribuye.
Eso exige condiciones vinculantes para el apoyo público; inversión pública que participe tanto en los riesgos como en las recompensas, en lugar de limitarse a reducir los riesgos de los rendimientos privados; y una gobernanza corporativa orientada al largo plazo y no al próximo trimestre.
Estos elementos constituyen el núcleo de lo que he denominado una estrategia industrial moderna orientada por misiones.
La clave no es elegir ganadores, sino elegir a quienes estén dispuestos a participar, orientando los flujos de inversión mediante ambiciosas misiones públicas y creando asociaciones público-privadas bien diseñadas y simbióticas que dirijan el crecimiento hacia un valor social y ambiental real.
La NASA no desalentó la innovación cuando incluyó cláusulas de “no beneficios excesivos” en los contratos de adquisición que hicieron posible llegar a la Luna y regresar en 1969.
Por el contrario, creó un sistema orientado a soluciones que resolvía problemas reales (qué vestirían y comerían los astronautas, y cómo irían al baño) y, al mismo tiempo, impulsaba el crecimiento en la Tierra.
Se necesitan colaboraciones similares para enfrentar el cambio climático, que plantea interrogantes sobre lo que comemos, cómo nos desplazamos y qué materiales utilizamos para construir.
Frente a todos estos desafíos, los trabajadores deben ocupar un lugar central, no marginal.
Como argumentamos Damon Silvers y yo durante la huelga de los trabajadores automotrices de Estados Unidos en 2023, una transición verde que no genere también buenos empleos carecerá del respaldo político necesario para tener éxito.
Los trabajadores y los sindicatos no son un elemento secundario; deben formar parte de la infraestructura institucional que gobierna la economía, razón por la cual necesitamos un nuevo contrato social entre las empresas, el trabajo y el Estado.
Creo que el argumento a favor de una nueva economía está ganando terreno.
En mi nuevo libro, The Common Good Economy, desarrollo una brújula que puede ayudar a orientar este proceso.
Debemos pasar de simplemente corregir fallas de mercado a redefinir el objetivo mismo: lo que Aristóteles llamaba el telos de la polis.
Tanto el “qué” como el “cómo” importan.
Solo prestando tanta atención a las relaciones entre capital y trabajo, entre lo público y lo privado, y entre el Estado y la sociedad civil, podremos comenzar a transformar nuestras economías.
La competitividad y la justicia no son objetivos opuestos.
La verdadera elección es entre una economía que recompensa la extracción de valor y otra que construye las bases compartidas de una prosperidad duradera.
Mariana Mazzucato, profesora de University College London, es directora fundadora del Instituto para la Innovación y el Propósito Público de la UCL y autora de numerosos libros, entre ellos The Big Con: How the Consulting Industry Weakens Our Businesses, Infantilizes Our Governments and Warps Our Economies (Penguin Press, 2023) y The Common Good Economy: A New Compass (Allen Lane, 2026).
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