¿Y ahora qué hacemos?
Durante años, una parte de las élites políticas, económicas, empresariales, académicas y comunicacionales guardó silencio —y en ocasiones hasta celebró— el avance del irrespeto, la vulgaridad y la ostentación. En nombre de la popularidad, permitió que la estridencia sustituyera la educación; que la arrogancia desplazara la prudencia, y que la riqueza exhibida sin pudor se presentara como prueba de éxito y superioridad social.
Sus representantes asistían a programas sustentados en la chabacanería buscando aplausos, visualizaciones y “me gusta”. Creyeron erróneamente que los likes eran votos, que la fama equivalía a liderazgo y que una multitud de seguidores digitales representaba una ciudadanía consciente. Al legitimar esos espacios, entregaron respetabilidad a comportamientos que antes eran socialmente reprochables.
También toleraron el irrespeto a los símbolos patrios, a las instituciones, a las jerarquías, a los modales y a las buenas costumbres. Se burlaron de quienes advertían sobre el deterioro cultural, llamándolos anticuados o desconectados de la modernidad. No comprendieron que una sociedad puede modernizarse sin renunciar a la decencia, a la autoridad legítima ni a su identidad nacional.
El problema no fue solamente la vulgaridad de quienes protagonizaban el espectáculo, sino la irresponsabilidad de quienes les ofrecieron reconocimiento, recursos, escenarios y legitimidad. Las élites confundieron audiencia con autoridad, ostentación con éxito, popularidad con prestigio y entretenimiento con liderazgo. Alimentaron una criatura mediática creyendo que podrían controlarla y ahora se sorprenden al verla aspirar a gobernar la sociedad que ellas mismas ayudaron a degradar.
Hoy esas élites sienten vergüenza y temor porque descubren que el fenómeno dejó de ser una simple distracción. La irreverencia convertida en cultura puede transformarse en fuerza electoral; la desinformación repetida puede sustituir el debate público, y el resentimiento social, manipulado desde las plataformas digitales, puede abrirle las puertas del poder a quienes carecen de preparación, principios y sentido de Estado.
¿Ahora qué hacemos? Primero, reconocer el error sin hipocresía. No se puede condenar hoy aquello que ayer se financió, se promovió y se aplaudió. Después, reconstruir el liderazgo desde el ejemplo: apoyar la educación, defender los símbolos patrios, dignificar el servicio público, recuperar el valor de la palabra, reconocer el mérito y demostrar que el éxito no consiste únicamente en acumular riquezas, sino en poner las capacidades personales al servicio del bien común.
La respuesta tampoco puede ser la censura ni el desprecio hacia los sectores populares. Debemos elevar el debate, formar ciudadanía y abrir oportunidades para que el talento no dependa del escándalo. La democracia exige libertad de expresión, pero también conciencia, responsabilidad y límites establecidos por la ley. Las élites tendrán que abandonar los palcos del espectáculo y regresar a las aulas, a las comunidades y a las instituciones.
Todavía estamos a tiempo, pero el silencio ya no es neutral. Quien permanece callado frente al deterioro termina colaborando con él. Si las élites desean recuperar autoridad moral, deberán dejar de perseguir aplausos, asumir las consecuencias de sus decisiones y volver a representar valores dignos de ser imitados. Porque cuando una sociedad convierte la vulgaridad en liderazgo, no solo se avergüenzan sus élites: se pone en peligro el porvenir de toda la nación.
El autor es duartiano, defensor de la identidad nacional; presidente de la Hermandad de Veteranos de las FF.AA. y P.N., y de la Alianza Mundial de Veteranos. Pasado rector de la Universidad Nacional para la Defensa y de la Universidad del Caribe.
Por: Valerio Ant. García Reyes.











