Una mirada rápida al presente y futuro del agro dominicano
Vivimos un buen momento para reflexionar sobre el futuro de nuestra agricultura. La reciente situación de las exportaciones de mango dominicano hacia uno de nuestros principales mercados, relacionada con temas fitosanitarios que el propio sector ya había identificado, nos deja una lección valiosa. Es una oportunidad para seguir fortaleciendo, cada día más, la institucionalidad que acompaña el potencial de nuestra agricultura.
Con el cacao pasa algo parecido. Somos referencia mundial en cacao fino de aroma, líderes en producción orgánica. Ese logro se lo debemos al trabajo de miles de familias rurales. Aun así, llevamos tres décadas casi sin crecer en producción. No es falta de tierra ni de gente dispuesta a trabajar. Son brechas conocidas: poca investigación, plantaciones envejecidas, asistencia técnica limitada, una respuesta institucional que casi siempre llega tarde.
En octubre de 2020 el cacao fue declarado prioridad nacional por decreto. Un paso correcto. Pero un decreto, por sí solo, no renueva una plantación ni forma a un técnico. Esa prioridad tiene que convertirse en política pública real, con recursos, con visión de largo plazo.
Los números no mienten
Hablemos de cifras. El sector cacaotero genera hoy más de 300,000 empleos directos e indirectos. Es el sustento de cerca de 40,000 productores, repartidos en más de 36,000 fincas, la mayoría en el Cibao. Detrás de cada quintal de cacao hay una familia que depende de esa cosecha.
El potencial exportador también es real. La campaña 2024-2025 cerró con cifras históricas: 77,453.6 toneladas exportadas por US$692.5 millones, un salto del 25% frente al año anterior. El crecimiento del cacao orgánico ayudó. Los precios internacionales, nunca antes vistos, también.
Los datos más recientes del Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes confirman que no fue un año de suerte. En el año calendario 2025, las exportaciones de cacao dominicano llegaron a US$669 millones, un crecimiento interanual del 55%, con un precio promedio de US$7,798 por tonelada (6% más que el año anterior). Dos formas distintas de medir: la campaña agrícola por un lado, el año calendario por otro. La conclusión es la misma, el cacao dominicano vive un momento único. Ese desempeño será protagonista del sexto Festival del Chocolate Dominicano, del 11 al 13 de septiembre en Santo Domingo.
Estos resultados no caen del cielo. Nacen de la inversión del productor, de una demanda internacional favorable, de una ventana de oportunidad que no sabemos cuánto va a durar. La pregunta es si la institucionalidad agropecuaria está lista para sostener este crecimiento cuando cambien los precios. O si vamos a seguir dependiendo de la suerte externa.
Esta reflexión nace, en buena parte, de las conversaciones que he sostenido como subadministrador con productores de distintas provincias, con exportadores del sector, con ejecutivos de la DR Cocoa Foundation. Esa fundación reúne a las principales empresas exportadoras e industrializadoras de cacao, junto a productores, organizaciones de cacaocultores y especialistas del sector. Su trabajo impulsa la indicación geográfica Cacao Dominicano, una marca de certificación para el chocolate nacional, además de programas orientados al desarrollo sostenible de toda la cadena de valor. Escuchar de primera mano sus retos, sus logros, confirma que el momento que vive el cacao dominicano es real. También confirma que el camino que falta por recorrer es igual de real.
Programas como el financiamiento preferencial a la Mujer Rural, con apoyo de la Agencia Francesa de Desarrollo, o la reforma fiscal de la Ley 30-26, muestran algo simple: cuando el Estado diseña bien sus instrumentos, el campo responde. El reto no es de vocación. Es de escala, de continuidad.
No es queja, es impulso
Más que una crítica a la gestión actual, que ha mostrado voluntad de modernizar el agro. Es una invitación a seguir avanzando con pasos firmes. Otros países de la región avanzan en ciencia, trazabilidad, sostenibilidad. Tenemos la oportunidad de acompañar ese mismo ritmo. El reto no es solo proteger mercados puntuales: es fortalecer nuestra competitividad frente a economías que también están invirtiendo en su transformación.
Invertir en el agro (en el cacao, en el mango, en cada cadena que depende de nuestra tierra) no es gasto público. Es inversión en seguridad alimentaria, en empleo rural, en el cuidado de nuestras cuencas, en la competitividad del país, en la estabilidad de miles de comunidades rurales.
El camino a seguir
El agro dominicano demanda aún más de una política pública integral, sostenida en el tiempo, no solo declaraciones de prioridad. Necesita inversión en investigación, más técnicos especializados, sanidad vegetal fuerte, una institucionalidad capaz de anticiparse a las crisis en lugar de solo reaccionar.
Desde el Banco Agrícola seguimos comprometidos con financiamiento responsable, análisis técnico serio, como lo hemos hecho hasta ahora. Pero este fortalecimiento institucional no depende de una sola entidad. Requiere una decisión de Estado sostenida en el tiempo, con el sector financiero público como aliado activo.
El campo dominicano ha demostrado, una y otra vez, que sabe resistir. Lo que falta es la modernización institucional que convierta esa resiliencia en crecimiento sostenido. Es momento de actuar con decisión, con visión de futuro.
Por Eddy Montás









