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El embudo natural del Ozama: cómo la geografía del Fuerte San Gil agrava la contaminación marina en Santo Domingo

El embudo natural del Ozama: cómo la geografía del Fuerte San Gil agrava la contaminación marina en Santo DomingoEl embudo natural del Ozama: cómo la geografía del Fuerte San Gil agrava la contaminación marina en Santo Domingo

La forma de ensenada del litoral capitalino retiene toneladas de plásticos y desechos que llegan al mar Caribe

La playa del Fuerte San Gil, en el malecón de Santo Domingo, se ha convertido en un vertedero marino debido a su particular topografía y a las corrientes del río Ozama. El fenómeno evidencia la crisis ambiental que afecta las costas dominicanas.

Sin importar la época del año, pero con mayor crudeza tras las lluvias intensas, la playa del Fuerte San Gil se transforma en un vertedero marino. Una marea contaminante sofoca constantemente su arena, dejando al descubierto una desgarradora postal urbana en el litoral del malecón.

A diferencia de una costa abierta, este emblemático rincón no posee una línea recta. Topográficamente forma una pequeña ensenada resguardada por acantilados de piedra caliza coralina, sobre los cuales se erige el histórico baluarte colonial. Esta particular geometría en forma de «codo» actúa como una trampa geográfica. Con una ubicación estratégica al oeste de la desembocadura del río Ozama, la franja recibe de lleno el embate de las corrientes del mar Caribe, que desplazan las aguas fluviales de este a oeste. La curvatura de la orilla frena el flujo marino y convierte a la caleta en un embudo natural.

Entre la arena sobresale una invasión heterogénea de desperdicios: plásticos de un solo uso como botellas, bolsas y cubiertos descartables, mezclados con calzados, juguetes rotos y restos electrónicos. A esta masa se suman neumáticos, madera procesada y escombros arrastrados desde distintos sectores de la capital. La acumulación no es un hecho aislado, sino la consecuencia del arrastre continuo de las cañadas que nutren al río Ozama. Cada vez que el caudal aumenta por las lluvias, la fuerza del agua barre las calles y asentamientos informales, arrastrando toneladas de desechos hacia el litoral.

En medio de este escenario de desechos, personas dedicadas a la recolección informal recorren la orilla buscando objetos de valor. «Aquí se encuentra de todo cuando el mar vomita lo que baja del río, desde metales hasta botellas de cristal enteras que luego vendemos», comenta un buceador. Un compañero que explora entre los escombros añade sobre la peligrosa rutina diaria: «Buscamos cobre, latas y plásticos duros para venderlos y ganar con que sobrevivir. Es un trabajo duro, porque hay que buscar entre vidrios y otros desperdicios, aunque a veces hallamos algo útil». El problema va mucho más allá de la contaminación visible a simple vista. Los plásticos más grandes se van fragmentando progresivamente por el sol y el agua hasta convertirse en peligrosos microplásticos menores de cinco milímetros, altamente nocivos para la fauna y flora marina.

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