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La suerte

La suerteLa suerte

Eduardo Álvarez La suerte tiene muy poco de moderada.

Simple y llanamente te responde o no.

Se lleva por completo cuanto encuentra o lo da todo.

Un tanto parcial como desigual, muda de casa con mucha facilidad.

Frecuentemente.

Voluble, impredecible y sorprendente como el temperamento femenino.

¿Criterio preciso o comparación realista? No sabemos.

Lo cierto es que, de ninguna manera, nos convierte en pesimistas ni misóginos.

Por el contrario, nos sitúa en el umbral de un gran acontecimiento.

Posiblemente hemos procedido con arreglo a los resultados logrados.

De ser así, la dicha fortuita como motor de éxito y superación, ha sido sobrevalorada.

La buena fortuna, en tanto conseguida y preservada, está garantizada en el esfuerzo.

En el azar, apenas apuestas, sin dejar espacio a lo planificado y construido día a día.

Lo eventual está sujeto a las leyes inciertas de las probabilidades.

Deshojar margaritas, juego en el que nadie gana, a no ser distracción y tiempo.

De manera que la suerte pertenece a ese espacio inmaterial, trascendente, en el que recuperamos nuestra condición natural, más bien original, que también revela cierta fragilidad.

En este caso, el azar puede ser un escudo protector.

Dios no desampara a sus hijos.

«Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad».

Thomas Jefferson creía mucho en la suerte ajena al destino.

“He descubierto que cuanto más trabajo, más suerte tengo”.

Autor de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, Jefferson cifraba los resultados en las consecuencias.

El porvenir obedece más que a una narrativa a un propósito concreto.

De ninguna manera a los efectos de una conjura o un acuerdo sobrenatural.

Lo terrenal se queda en ese plano, lo demás es ilusión.

La suerte como tal se construye, de manera sostenida y constante para que su consistencia sea de igual forma.

¿Por qué no llamarla fruto o cosecha? La cuestión está en el uso que vayamos a dar a cada logro que alcancemos.

En la definición de suerte podemos encontrar la espiritualidad que necesitamos para balancear la incómoda carga de la feroz competencia material a la que estamos expuestos constantemente, con el esfuerzo físico y el desgaste emocional que esto supone.

Reconocerle atributos celestiales al destino -con ello, a la suerte-, es un ejercicio de humildad que, en realidad, nos libera de la responsabilidad de sus efectos.

Una de las formas en que preferimos lavarnos las manos.

Esperar resultados de nosotros mismos suele ser decepcionante, cuando no tedioso.

Así las cosas, es mejor -más compensatorio-, esperar y recibir sin esperar ni dar nada a no ser devoción y fe.

“La culpa, querido Bruto, no es de nuestras estrellas, sino de nosotros mismos, que somos inferiores”.

Sentencia lapidaria de Julio César que compromete nuestras acciones con nuestro con nuestro destino.

Sin embargo, Schopenhauer entendía que “el destino baraja las cartas, pero nosotros las jugamos”.

Reconoce el éxito en la combinación de estos factores: la voluntad y la representación referida al destino.

Lo más reciente Silvio Cabrera Agencia Leo Corporán Agencia Agencia AP.

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