La rutina final del dictador
Aquel 30 de mayo de 1961 amaneció como un martes cualquiera en República Dominicana. Rafael Leónidas Trujillo despertó a las cinco de la mañana en la Estancia Radhamés, su residencia oficial en lo que hoy es la Plaza de la Cultura, y recibió los informes rutinarios de inteligencia.
Horas después se trasladó a la Base Aérea de San Isidro, donde protagonizó un fuerte altercado con el general José René Román Fernández, a quien reprendió con crudeza frente a oficiales subalternos por una llave averiada que nadie había reparado. Posteriormente, en el Palacio Nacional, despachó asuntos de Estado con el presidente Joaquín Balaguer.
La conjura y la emboscada
Durante un almuerzo con allegados, Trujillo comentó que viajaría esa noche a San Cristóbal. El doctor Miguel Ángel Báez Díaz transmitió la información a Antonio de la Maza, quien convocó a los complotados: Antonio Imbert Barreras, Roberto Pastoriza, Huascar Tejeda, Pedro Livio Cedeño, Amado García Guerrero y Salvador Estrella Sahdalá.
Los siete hombres se organizaron en tres vehículos para interceptar el Chevrolet azul modelo 58 del dictador, quien había ordenado viajar sin escoltas, acompañado únicamente por su chofer Zacarías de la Cruz.
El tiro de gracia
Pasadas las nueve de la noche, al rebasar la zona de la Feria Ganadera, los conjurados bloquearon el paso y abrieron fuego. Trujillo, malherido, intentó bajarse mientras gritaba «Párate, vamos a pelear». Fue entonces cuando Antonio de la Maza se aproximó y le disparó en el rostro, asestando el tiro de gracia que puso fin a tres décadas de tiranía.
El cadáver fue cargado en el baúl del Chevrolet de De la Maza para mostrarlo al general Román Fernández. Sin embargo, la segunda fase del plan fracasó y casi todos los conjurados fueron asesinados bajo las órdenes de Ramfis Trujillo y Johnny Abbes García. A 65 años de aquella gesta, la noche del 30 de mayo sigue siendo símbolo del inicio de la libertad dominicana.











