He estado unos días en Madrid y coincidí con la visita de Su Santidad, León XIV , un pontífice que ha enamorado al pueblo español y a la feligresía católica de todo el mundo.
Su humildad seduce, su carisma es muy parecido al de Juan Pablo II y lo más importante que todos lo sienten muy cercano.
La efervescencia católica de la España actual me ha dejado perplejo.
Pues ver millones de jóvenes, siguiendo cada una de las actividades del papa, da un nuevo aire y genera grandes esperanzas.
Nunca me imaginé encontrarme con multitudes venerando la figura del papa.
Un Pontífice actual que conoce al dedillo cada uno de los temas que afectan en este momento la humanidad.
Sus homilías fueron de principio, en cada una de ellas, el mensaje estaba claro hacia la revalorización del ser humano, por encima de los intereses particulares y de la podredumbre espiritual que signa la vida de muchas personas.
León XIV habló a los jóvenes de esa “carrera desenfrenada por el éxito, la productividad, las idolatrías, a las que la sociedad nos conduce” y, al mismo tiempo, de las caídas, de ese “espacio vacío, ese cansancio del espíritu y la necesidad de probar esa sana inquietud, que nos invita a ir a lo profundo, a buscar una luz que ilumine el camino”.
Una visita emotiva, donde cada persona hacia suya la predica del pontífice.
Pocas veces he sido testigo de una desbordante alegría con multitudes delirantes, como si se tratara del mayor artista del momento.
Salir del hotel para visitar la Feria del Libro de Madrid fue una proeza.
No había forma de llegar a los lugares: las calles abnegadas de gente cubriendo avenidas como la Gran Vía y La Castellana.
Más de dos horas caminando hasta para poder encontrar un taxi.
Cuánta satisfacción me dio sentir que todo no estaba perdido con nuestra juventud.
Que había una esperanza para la construcción de un nuevo futuro, porque si esos jóvenes respetan y y asimilan los preceptos religiosos que establece la fe católica, podríamos estar ante un renacer de la humanidad.
La voz del Papa retumbaba al expresar: “Nuestro deseo de verdad y de felicidad necesita un horizonte más grande.
Y esta inquietud es un don que Dios mismo nos ha dado”.
Una inquietud y una profundidad que, advirtió el Santo Padre, es difícil de cultivar en “nuestras sociedades, donde la idolatría del beneficio y del rendimiento, el afán de tener que producir siempre y ser vencedores, así como el culto a la propia imagen, no son más que anestésicos para adormentar nuestra conciencia y adaptarla a una cierta idea de sociedad” Todo indica que estamos ante la presencia de un papa moderno, que con sus homilías esa contribuyendo en la revaloración del ser humano, pero también se ha ido erigiendo en un ente de equilibrio para la paz mundial.
Enhorabuena.
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