Cada día, millones de vehículos y personas circulan por nuestras calles y carreteras.
Ante semejante volumen, resulta ilusorio pretender que una fiscalización exclusivamente humana logre prevenir la tragedia.
La realidad es tozuda.
Los accidentes de tránsito siguen cobrando vidas, y la mayoría tienen un denominador común: el error humano.
Ya sea por exceso de velocidad, distracción o fatiga, detrás de cada siniestro suele haber una decisión fallida.
Y esto no solo aplica a automóviles particulares.
También a camiones y autobuses, cuyo peso y masa convierten cualquier descuido en una catástrofe.
Frente a esta evidencia, la pregunta no es si debemos actuar, sino cómo hacerlo con eficacia.
La respuesta no pasa por más agentes de tránsito o campañas esporádicas, sino por una apuesta decidida a la alta tecnología.
Existen dispositivos probados que sí pueden atenuar la avalancha de siniestros letales o graves.
Tomemos el ejemplo de la Unión Europea.
Desde hace más de treinta años, es obligatorio que los camiones de más de 12 toneladas y los autobuses de más de 10 toneladas lleven limitadores de velocidad.
La velocidad máxima permitida para esos vehículos es de 85 km/h, muy por debajo de lo que vemos aquí.
Además, se exigen sistemas de frenado de emergencia avanzados, capaces de evitar colisiones hasta velocidades de 70 km/h.
Aquí podemos pensar en radares de alta precisión, que detectan vehículos a distancias de hasta 300 metros.
La tecnología está al alcance.
Los ejemplos abundan.
Solo falta voluntad política para dar el paso.
Cada día que postergamos esta decisión, seguimos apostando a la fatalidad.
Y esa es una apuesta que ya hemos perdido demasiadas veces.
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