En mi juventud, las cartas bordeaban el hobby individual.
Recuerdo su fluir junto a tarjetas postales en extensa carrera a lo largo y ancho del mundo de habla hispana.
Mis amigos, sabían contestarlas.
Estaban esperando a un joven que pudiera armarles un sitial de fábulas urbanas.
Procedían de Argentina, Chile, Uruguay, Venezuela, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú, España y Puerto Rico.
Con ese intercambio de palabras en papel, con fotos y paisajes incluidos, jamás pretendimos exiliarnos o emigrar, sino contarnos la picazón del tiempo.
fuimos jóvenes de carne y hueso interesados en hacer amigos con un extraño personaje residente en la isla de Cuba, otrora paraíso de asuntos olvidados.
En ese tiempo -años sesenta- no había internet, ni celular, ni otra forma de expresar experiencias y presagios comunes dentro de un sobre postal con un sello de correos superpuesto y una dirección que podía ser falsa o verdadera.
Algunas demoraban semanas, otras meses.
Pero la respuesta era puntal como el silbato del hombre que las entregaba, de uniforme impecable, escondidas en su alforja de cuero.
Al leerlas mis ojos saltaban ante los relatos extranjeros muy parecidos a los míos a pesar la distancia de separación.
Jamás recibí anécdotas de morbo.
Ni vicios, ni interés alguno por desviaciones conductales.
Lo que más importaba era la amistad y el deseo de encontrarnos alguna vez para pellizcarnos la piel como única seña material de la existencia.
Un amigo, residente en Gran Canarias tuvo la generosidad de enviarme un disco de mi grupo de rock favorito de entonces.
Tuve que soportar la mirada pícara de una empleada del Ministerio de Comunicaciones de Cuba quien me informó su confiscación por el Estado, pues solo se permitían cartas.
Nada de envíos colaterales, ni capciosos, considerados propaganda enemiga.
Un día, no recuerdo cuándo, cometí el error de abandonar a su suerte aquellas amistades y enrolarme en aventuras patrióticas que al fin y al cabo no trajeron a mi vida emblemas tan sublimes como las noticias de mis amigos abandonados.
Lo que jamás pudieron confiscar las autoridades del gobierno fueron las cuchillas de afeitar que mi padre recibía de los Estados Unidos dentro de cartas de su hermana, por el camuflaje correcto y la delgadez de esos envíos.
Muchas veces veía pasar al cartero en bicicleta o a pie, con su valija llena de mensajes para pellizcar la piel.
Acepto los cambios porque nos enseñan a abrir los ojos.
Aquella imagen del hombre jovial portador de felicidad a través de escritos llenos de aroma humano pasó a la historia.
Sin embargo, el cartero de aquel tiempo era un ser querido y respetado.
Siempre había para él una tasa de café o un cigarrillo nuevo.
Muchas décadas después he vuelto a la correspondencia.
No involucré a Facebook ni a Instagram, ni a cualquier otra forma de comunicación a través de mi móvil.
Cree un grupo con los pasantes que me confiaron su número de celular junto a otros amigos que suponían como regocijo esa noticia.
Llevo algunos años despertándolos casi todas las mañanas con saludos, afectos e historias que no debieran pasar al olvido, a pesar de que, para no aburrirlos, escribo muy poco.
Pero siempre tienen mis noticias.
Escribo cuando comento algún suceso, recibo publicaciones o simplemente recuerdo deberes aplazados.
Desde mi lejana juventud aprendí que la escritura no literaria también tiene su valor, aquella que desborda el afecto personal y deja a un lado los disfraces del tiempo e ntereses mercuriales.
Siempre recomiendo a los pasantes la importancia de escribir.
Al menos, una carta, un párrafo, una historia o un chisme, pero siempre emborronar una hoja de papel.
Escribir es un bien del ser humano para dejarse ver en medio de tanta vanagloria y sumisión.
Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES california los ángeles.











