La política dominicana, como en otras naciones, vive un giro hacia lo emocional: los electores priorizan la personalidad del candidato sobre las propuestas, mientras la desconfianza en las instituciones alcanza niveles críticos.
La democracia no se cae de repente, sino que llega debilitada por años de privilegios, impunidad y dirigentes que se repiten. El politólogo francés que analizó la evolución hacia una ‘democracia emocional’ explica cómo el peso de la personalidad del candidato supera a los partidos, un fenómeno acelerado por las redes sociales, que convierten a cualquiera en figura mediática.
En República Dominicana, esa tendencia encuentra terreno fértil: una ciudadanía que dejó de confiar en las instituciones y que siente que las promesas anteriores no cambiaron su vida. Cuando la gestión no produce resultados, la experiencia se ve como parte del problema, y la emoción desplaza a la competencia técnica.
La diáspora dominicana también observa este fenómeno desde fuera, comparando con otras naciones donde líderes outsiders han capitalizado el descontento. La incapacidad de los partidos para resolver problemas cotidianos —alimentos caros, inseguridad, apagones— alimenta la disposición a elegir a quien entretiene o expresa indignación, aunque no tenga credenciales.
El peligro es cuando el desencanto es tan profundo que los votantes protegen a su candidato y rechazan cualquier crítica como ataque. La salida no es excluir a nadie, sino obligar a todos a rendir cuentas: los partidos deben volver a representar, los gobiernos producir resultados y los medios deben hacer las mismas preguntas a todos. Si la democracia dominicana es emocionalmente vulnerable, la responsabilidad es compartida.










