Ernesto Guerrero La Biblia, ese libro milenario que muchos citan pero que pocos se atreven a leer, además tiene un peculiar problema de identidad.
El texto nos presenta una tierna historia de amor entre dos hombres.
David y Jonathan, se ocultaban, se besaban, lloraban juntos y, tras la muerte de su amado, David soltó un lamento digno de un drama de época: «Más maravilloso me fue tu amor que el amor de las mujeres».
(1Samuel 20:4.1).
Sin embargo, cuando el lector llega a esa parte, los defensores de la moral suelen mirar hacia otro lado, ocupados en buscar versículos para justificar su homofobia favorita.
Es fascinante cómo funciona el buffet bíblico.
Levítico 20:13 prohíbe las relaciones entre hombres, llamándolas «abominación», pero también prohíbe los tatuajes, las mezclas de telas y comer mariscos.
Curiosamente, nadie organiza marchas contra los amantes del sushi o los fanáticos de las camisas de poliéster.
Si tu fe solo tiene puntería para el colectivo LGTBI, quizás el problema no sea el texto sagrado, sino tu propio prejuicio.
Mientras tanto, se cita a Rut y Noemí —cuyo voto de lealtad eterna es el estándar de oro en las bodas cristianas— como ejemplo de amor puro, ignorando que ese compromiso lo hicieron una pareja del mismo sexo.
Si hoy esto se repitiera en el templo, los que hoy sollozan y suspiran con la lectura del texto, las echarían a pedradas de la iglesia.
Y luego está el clásico comodín: Sodoma y Gomorra.
La narrativa oficial dice que Dios arrasó con todo por el «pecado homosexual”.
Pero, si leemos con atención, la historia es un desastre ético: una turba intentando violar ángeles y un Lot ofreciendo a sus propias hijas vírgenes para salvar a sus invitados.
Si eso es lo que la religión defiende como «moralidad», quizás deberíamos revisar nuestra brújula ética.
¿Quién soy yo para juzgarlos? Con el papa Francisco se logró un mayor acercamiento.
En la encíclica Amoris laetitia, se instó a sacerdotes y obispos a adoptar una actitud más acogedora y menos prejuiciosa hacia las personas homosexuales, y de manera muy sabia, deja el tema de la “posible condena de la homosexualidad” fuera del campo de la Biblia.
El 7 de octubre habrá un encuentro entre el papa León XIV y los obispos para tratar de nuevo este documento.
¿Cambios? Es hora de detener el odio y la discriminación por identidad de género.
Las iglesias cristianas deben cumplir con el pasaje bíblico más didáctico y amoroso, (Gálatas 5:14): «Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
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