Orlando Jorge Villegas Creado: 03.06.2026 | 11:19 Actualizado: 03.06.2026 | 11:19 La política contemporánea, tanto en la República Dominicana como en el resto del mundo, atraviesa una crisis que no es ideológica ni generacional, sino de coherencia.
Y cuando hablamos de coherencia, no nos referimos únicamente a la consistencia discursiva, sino a algo más profundo: coherencia entre ideas, convicciones y formas de actuar.
Hoy abundan liderazgos que prefieren moldearse según la audiencia del momento.
Se esconden detrás de reels cuidadosamente editados, vestuarios diseñados para proyectar cercanía o gestos calculados para generar empatía superficial.
No actúan desde la autenticidad, sino desde la conveniencia.
Esta práctica, que puede rendir frutos en el corto plazo electoral, erosiona la credibilidad en el mediano plazo.
El populismo y el oportunismo siguen siendo herramientas eficaces en campaña.
Sin embargo, el electorado comienza a mostrar fatiga.
La saturación de promesas vacías y discursos adaptativos ha generado una demanda creciente por liderazgos claros, definidos y, sobre todo, coherentes.
En ese contexto, figuras como Abelardo de la Espriella en Colombia han logrado posicionarse frente a estructuras tradicionales.
Más allá de simpatías, su perfil responde a una característica cada vez más valorada: la frontalidad.
Como ocurre con liderazgos de distinta orientación como Bukele, Milei, Trump o incluso Pedro Sánchez, hay una constante: no operan en medias tintas.
Caso contrario es el de Mamdani, alcalde de Nueva York, quien durante su candidatura prometió villas y castillas, pero ya en funciones enfrenta crisis derivadas de una agenda incoherente y confusa.
El llamado “Tigre” de Colombia ha construido su posicionamiento sobre posturas firmes y reconocibles.
Sus ideas en temas controversiales y su visión de país no parecen fluctuar según el viento político.
Durante su campaña, difícilmente se le vio variar posiciones para agradar coyunturalmente.
Y ese elemento, en tiempos de desconfianza, tiene peso: la gente puede no coincidir, pero respeta la coherencia.
En días recientes, al conversar con un grupo de mujeres conservadoras activas en la vida pública, surgió una preocupación compartida: el deterioro del Congreso Nacional dominicano.
Señalaban cómo muchos legisladores carecen de la capacidad —o voluntad— de defender en funciones las mismas ideas que promovieron en campaña.
Es decir, la tibieza ha sustituido la convicción.
Esa tibieza no es inocua.
Es corrosiva.
Debilita las instituciones, diluye el debate público y refuerza el cinismo ciudadano.
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