Aunque parezca un contrasentido, avanzar con la luz verde en nuestras avenidas se ha convertido en un grave riesgo para conductores y peatones.
Esta insólita realidad es ya el cuadro cotidiano porque no hay garantía de cruce libre y seguro mientras siga normalizada la violación de la luz roja.
La más saludable precaución, entre las pocas opciones que nos quedan en nuestro sistema de tránsito, es avanzar en cámara lenta cuando toque.
Y aún con esta extrema medida, hay que encomendarse para que quienes vienen detrás no se estrellen contra la parte trasera.
Vivimos un momento de fuertes ansiedades viales.
Conductores de carros, buses, camiones y motocicletas no suelen resistir una espera de uno o dos minutos ante un semáforo en rojo.
Por eso, saltarse esta regla elemental se ha vuelto una fuente permanente de peligro.
Para desconsuelo, los registros de multas son mínimos, creando así una impunidad sistémica que alimenta el caos.
La misma precaución aplica para los transeúntes; el riesgo no distingue horarios, pero se agrava en la noche, cuando no hay agentes de tránsito en las intersecciones.
Frente a este panorama es imperativo atacar las causas con medidas concretas de prevención.
Primero, modernizar la fiscalización.
No basta con tener cámaras.
Se necesita un sistema de fotodetección en los cruces críticos cuyas multas sean efectivamente notificadas y cobradas.
Así, se desterrará la sensación de que «nunca pasa nada» y se disuadirá al infractor reincidente.
Segundo, se deben recalibrar los tiempos del amarillo y agregar segundos de «rojo total» (donde todos los semáforos permanecen en rojo) para despejar el cruce antes de que el otro lado reciba el verde, creando un margen de seguridad ante los infractores.
Además, urge una campaña masiva que cambie la cultura vial: el semáforo verde no es un derecho de paso blindado, sino una autorización para avanzar con precaución activa, mirando siempre a los costados antes de pisar el acelerador.
No se trata de sembrar miedo, sino de activar una alerta responsable.
La vida no puede depender de la suerte.
Necesita de políticas públicas decididas y de una ciudadanía que asuma que la prioridad absoluta es llegar a salvo, no llegar primero.
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