Actualmente vivimos dentro de un mundo interconectado virtualmente.
Eso supone, que embajadas, organismos internacionales y sus respetivos funcionarios tengan al menos una de las redes sociales más utilizadas.
Esto, por supuesto, concita una mayor dinamización de las informaciones pertinentes de sus faenas.
Además, crea un vínculo más estrecho con los ciudadanos que representan.
En efecto, en un artículo en memoria al extinto embajador Hans Dannenberg, socializamos el concepto de “embajadores de Instagram” y, dada la curiosidad de algunos lectores vamos a plantear humildemente a lo que nos referimos.
Ciertamente el oficio diplomático debe proyectarse, pero no venderse.
No obstante, en virtud de la nueva modalidad de comunicación digital es altamente importante mantener una presencia continua y fluida en tales medios.
Esto facilitará no solamente establecer lineamientos de política exterior de un Estado en tiempo real sino, también, sostener nexos directos con la diáspora para fines de protección, canalización y apoyo.
No obstante, la función diplomática es enormemente sustantiva y, la mesura y prudencia ha de comprenderse como sus acompañantes inseparables.
Si bien es cierto que la relevancia de las redes sociales en la diplomacia se equipara a la conexión y presentación de la propia agenda diplomática con su gente e intereses, no menos cierto es que, el abuso de tales herramientas debilita la esencia tradicional de la diplomacia.
Y esto, por supuesto, abre la posibilidad de convertir un espacio de digna representación en otro de ridiculización.
Las formas diplomáticas han cambiado aceleradamente.
Anteriormente, un embajador trabajaba en silencio, negociaba privadamente y evitaba los focos.
Hoy, en virtud del apogeo de las redes sociales las embajadas constituyen escenarios digitales de atención.
Sin embargo, algunos funcionarios parecen confundir el impacto real de la diplomacia con los “likes”.
De manera que, al entender su labor como un asunto superficial sobre las pantallas, se desgasta verdaderamente la fuerza de la diplomacia tradicional.
Indudablemente, compartir una foto de un evento cultural une a las embajadas al público general.
Pero, el riesgo inicia cuando la estética de la publicación importa más que el mensaje de fondo.
Por tanto, un embajador con miles de seguidores en internet no es mejor diplomático si sus relaciones con el gobierno del país acreditado son frías o inútiles.
Basta con estudiar a Henry Kissinger para comprender que la diplomacia consuetudinaria se fundamenta en la paciencia y el comedimiento.
De este modo, los grandes acuerdos de paz, los tratados comerciales y el apoyo a ciudadanos en el exterior no se logran con selfis.
Se consiguen mediante reuniones largas, llamadas difíciles y una comprensión profunda de la historia.
En consecuencia, cuando un diplomático invierte su tiempo buscando el “post idóneo”, pierde el enfoque.
Naturalmente, esta apreciación no pretende alejar a las embajadas ni a sus diplomáticos de la tecnología.
Al contrario, las redes sociales son plataformas poderosas para informar y educar oportunamente.
Un buen diplomático digital debe reportar sustancia, mas no contenido de entretenimiento.
La estética debe complementar al contenido, nunca reemplazarlo.
En definitiva, la diplomacia necesita recuperar su equilibrio.
Los diplomáticos deben recordar que representan a su nación, no a una marca comercial.
El prestigio de un país se construye con respeto, seriedad y resultados medibles en el mundo real.
Mientras las redes sociales son solo una ventana de lo que pasa adentro.
Si al observar por esa ventana carecemos de fundamentos sólidos, la diplomacia habrá perdido su verdadera identidad.
Ojalá no sea demasiado tarde para revertir la tendencia.
El autor es el encargado del departamento de Asia, dirección de Asia y Oceanía en la Cancillería Dominicana Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES españa primarias Edición impresa análisis estados unidos.











