La brecha entre expectativas y realidad alimenta la frustración y desconfianza ciudadana
A seis años del gobierno de Luis Abinader, la sociedad dominicana enfrenta una creciente frustración por la falta de ejecución de las reformas prometidas. La palabra ‘cambio’ se ha repetido tanto que corre el riesgo de perder su verdadero significado, mientras las expectativas creadas quedan muy por encima de la realidad.
Los dominicanos anhelamos ver nuestro país recorriendo un camino real de progreso, con menos discursos y más realizaciones. No se trata simplemente de llenar páginas con críticas pesimistas. Más que eso, existe el deber de advertir para evitar que transitemos hacia un escenario de pérdida total de confianza y credibilidad. A propósito de los recientes movimientos de funcionarios en el Gobierno, sería incorrecto confundir esas remociones y designaciones con la aplicación de una política de cambio estructural. Al mismo estilo de siempre, se recurre a cambiar personas en las instituciones para despertar nuevas esperanzas, refrescar la imagen del Gobierno o saldar deudas políticas pendientes mediante el reparto de posiciones.
Pero la población espera cambios más profundos: recibir servicios eficientes de salud y educación, contar con instituciones que realmente cumplan sus funciones, soportar menos presión por el pago asfixiante de impuestos y observar una mayor responsabilidad en el manejo y el equilibrio de las finanzas públicas. La sociedad dominicana comienza a hastiarse de tantas promesas y de la banalidad que corroe el ejercicio del poder. La esperanza de grandes cambios se va extinguiendo. A seis años de haber comenzado el gobierno de Luis Abinader, todavía no ha llegado la ejecución de muchas de las promesas de transformación del Estado dominicano.
Los verdaderos cambios suelen ser visionarios, progresistas y, muchas veces, contrarios a la corriente. Requieren determinación para romper con viejas prácticas y voluntad política para sustituir estructuras que se resisten a desaparecer. Pero cuando las expectativas creadas quedan muy por encima de la realidad, llegan inevitablemente la frustración y la desconfianza. Durante estos seis años hemos escuchado incontables veces la palabra “cambio”. Se utilizó como consigna electoral, como identidad del nuevo Gobierno y como una forma de marcar distancia frente a las administraciones anteriores. Se ha repetido tantas veces que corre el riesgo de perder su verdadero significado.
El 18 de agosto de 2021, al cumplirse el primer año de gobierno, Abinader convocó al liderazgo político, empresarial y social a un diálogo nacional para impulsar 12 grandes reformas. La agenda incluía la modernización del Estado, la transparencia y la institucionalizad, la reforma policial, el sector eléctrico, el agua, la educación, la seguridad social, el transporte, la transformación digital, el pacto fiscal, el Código Laboral y la Ley de Hidrocarburos. Cinco años después de aquella convocatoria, ninguna de esas reformas ha sido ejecutada integralmente como fue concebida dentro de aquel gran diálogo nacional. Esto ocurre a pesar de que el Partido Revolucionario Moderno ha contado con una mayoría congresual suficiente para convertir muchas de sus promesas en leyes y políticas públicas. El Gobierno anunció que disminuiría la burocracia mediante la fusión y eliminación de instituciones del Estado dominicano. Se realizaron algunos ajustes, pero el gasto corriente improductivo continúa aumentando y colocando una mayor carga sobre el presupuesto nacional. También se planteó una reforma policial, presentada desde el inicio como una de las principales transformaciones de la nueva administración. Se han aumentado los salarios, mejorado algunos procesos de formación e incorporado herramientas tecnológicas, pero la reforma continúa incompleta y la pieza legislativa










