En las naciones en vías hacia el subdesarrollo la idea, posibilidad y realidad de la cultura y las artes enfrentan un lamentable dilema, nacido de la persistente y progresiva asincronía y las tensiones registradas entre la vocación, el interés conceptualizador, expresivo y de sobrevivencia de los artistas y la realidad: los marcos normativos y las obstrucciones vigentes en los cultosistemas, sus mercados y la economía.
Esta encrucijada condiciona el grado de libertad real de que gozan los creativos y la posibilidad de la población de participar en —y disfrutar de— la cultura en los términos establecidos por las constituciones.
Para los artistas son trabas a sus vocaciones: materiales, de oportunidades y suministro, que obstruyen lo que pueden abordar, crear, transformar y expresar.
Para los ciudadanos: negación de derecho sobre lo que pueden recibir, apreciar y conocer.
Este dilema posee profundas raíces en los niveles de institucionalidad, cultura, educación e igualdad dominantes y cualifica las normas de convivencia: tolerancia, libertad de expresión del pensamiento, respeto a las personalidades y a las personas, comprensión del valor y significado propios, de los demás, de las normas y de las cosas.
Identificar las causas disruptivas posibilita que la gestión cultural se enfoque en profundizar, ampliar y robustecer su vigencia.
Para ilustrar, referimos paradigmas contrapuestos: la discrepancia entre la idea y realidad de arte y cultura vigentes en las sociedades, entidades gestoras y agrupamientos socioeconómicos.
En especial, la que postulan —por un lado— los gestores oficiales y —por el otro— los actores regulados: productores, intermediarios y consumidores, especializados o no.
Juntos, actúan alrededor de otro factor, de destacado efecto: el ingreso familiar promedio.
Este incide en arte y cultura con igual fuerza y carácter que sobre otra actividad económica: articulándose en el mercado y partiendo de lo que en su interacción aspiran sus dilemáticos actores.
En la República Dominicana —donde la educación artística es menos que inicial y la cultura consagra lo medalaganario, la carencia de rigor y el desconocimiento que la soberbia política se empecina en simular— algún “artista” decidió gestionar el mercadeo de sus “obras” bajo un símil extraordinario con las carnicerías (sic).
Al no lograr que sus clientes pagaran sus trabajos al precio que deseaba, optó por reducir la calidad de sus insumos, interesado en disponer de productos para todos los bolsillos.
Ofreció diferentes órganos y cortes (sic) en su carnicería y los promovió sin empacho: “En mi taller ofrezco lo que el cliente pueda pagar: lengua, hocico, paticas, tripas, orejitas o filete…”.
Salvo que copiar a Paul Klee y a Picasso y repetirlos hasta el hastío es lo más lejano al arte.
Ilustra, sin embargo, una situación modelo: la imposibilidad de vender arte a quienes carecen de posibilidades económicas.
Muchos ignoran que el ingreso nominal promedio mensual por miembro del hogar dominicano es RD$20,192.10 y el real, RD$14,486.80; también que el promedio por trabajador (31-55 años) es RD$43,067.19, montos inferiores a la canasta familiar (RD$48,000.00).
Excluyendo las variaciones culturales sobre lo ostensible.
Realidades que, en fin, excluyen el consumo y disfrute culturales de la mayoría de hogares nacionales y quizás expliquen esos picos en incivilidad, feminicidios y violencia.
Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES Desempeño Docente acueducto Dual RD CONGO ÉBOLA violencia Groenlandia.












