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El Pez Diablo: síntoma de la crisis ética entre el ser humano y la naturaleza

El Pez Diablo: síntoma de la crisis ética entre el ser humano y la naturalezaEl Pez Diablo: síntoma de la crisis ética entre el ser humano y la naturaleza

La invasión del Hypostomus Plecostomus en República Dominicana revela fallos en la gobernanza ambiental

La llegada del pez diablo a los cuerpos de agua de la provincia La Altagracia y otras regiones del país no es solo una crisis biológica, sino un síntoma de la desconexión ética entre la sociedad contemporánea y el medio natural. La especie, introducida para fines estéticos, ahora devasta ecosistemas como la laguna Comatillo y los ríos Higuamo, Soco y Seibo.

El ser humano posee una vocación pertinaz para alterar el orden del que depende su propia existencia. Bajo la promesa de la utilidad estética o el confort doméstico, introducimos elementos en ecosistemas complejos con la pretensión ciega de poder dominar sus consecuencias. La invasión del Hypostomus Plecostomus, el Pez Diablo o ‘Limpia Vidrios’, en la provincia La Altagracia y otras regiones del país es un ejemplo de esta razón instrumental desbocada.

Resulta poético, en un sentido trágico, que una especie cuya función asignada por el mercado fue la de ‘limpiar’ la mugre generada por la cautividad humana en peceras y acuarios sea hoy la responsable de devastar el equilibrio ecológico de lagunas como Comatillo y atacar ríos como el Higuamo, Soco y Seibo, en la parte oriental de la Isla Hispaniola. En esta paradoja se condensa la crítica de Martin Heidegger sobre la técnica moderna: la tendencia a considerar la naturaleza como un simple ‘fondo de reserva’ (Gestell).

El pez diablo no buscó los ríos dominicanos. Fue traído para servir como un siervo biológico. Sin embargo, al romper los márgenes del cautiverio, sea por negligencia, desidia o irresponsabilidad, la criatura ejerce su pura potencia biológica. Dotado de una coraza inexpugnable y una capacidad insaciable para devorar sedimentos y frezas, el pez responde a la ley de la supervivencia en un entorno desprovisto de sus reguladores naturales.

Desde la ética ambiental de Hans Jonas, el poder tecnológico conlleva el deber moral de prever las consecuencias a largo plazo. La inacción o respuesta tardía de las autoridades ambientales revela un fallo sistémico en la gobernanza de lo común. Cuando la presencia del organismo invasor pasa inadvertida hasta que la producción de tilapias colapsa y la biodiversidad se erosiona, la negligencia estatal trasciende la burocracia para convertirse en un problema ético.

Frente a la parálisis administrativa y al catastrofismo, la respuesta no puede ser el mero lamento. Se requiere una reapropiación comunitaria y consciente que aborde la problemática desde la responsabilidad compartida y la ética ambiental, transformando la amenaza en una oportunidad para repensar nuestra relación con la naturaleza.

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