Un proceso en apariencia inexorable ha estado transformando la composición de la vida animal y vegetal en todo el planeta.
Incapaces para afrontar la competencia de especies exóticas llegadas desde afuera, una gran variedad de plantas y animales, que por largo tiempo habían habitado y prosperado en sus respectivos territorios tradicionales, han sucumbido o están seriamente amenazados por causa de rivales foráneos cuyo número se multiplica ante la ausencia de depredadores locales que limiten su expansión incontrolada.
Tan intenso ha sido el efecto de dicha llegada que una gran parte de los programas puestos en marcha a nivel mundial con el fin de evitar la degradación de los ecosistemas se dirige a combatir a las especies invasoras, con escaso éxito en muchos casos debido a la rapidez con la que las recién llegadas conquistan los espacios anteriormente ocupados por las nativas.
Auspiciadas por el comercio, el transporte, el turismo y la globalización de la producción, especies hasta hace poco desconocidas desplazan las que durante largo tiempo han formado parte de estructuras ecológicas sustentables.
La batalla en contra de ese proceso ha sido muy ardua pues continuamente arriban nuevos intrusos de diversos perfiles y niveles de resistencia.
A pesar de los fracasos, no obstante, la lucha en defensa de las especies nativas continúa, y cada pérdida provoca lamentos y augurios de desastre ecológico.
Pero hace ya más de veinte años que Mark Davis, un ecólogo que en ese entonces laboraba en la universidad Macalester en St.
Paul, Minnesota, propuso dejar de considerar que las especies nativas son siempre buenas y que las foráneas son intrínsecamente malas.
Y sugirió que en lugar de basar las medidas ambientales según ese criterio, éstas fueran diseñadas en función de cuáles especies son deseables y cuáles no, sean nativas o recién llegadas, sin que su procedencia sea determinante.
Su opinión, claramente minoritaria en aquel tiempo, fue rechazada por la mayoría de sus colegas, adscritos al concepto de que alteraciones súbitas en la composición de la flora y fauna desarticulan estructuras ecológicas que tomó siglos a la naturaleza desarrollar para que fueran acordes con los recursos y demás características locales.
El debate continúa enfrentando ambas visiones del asunto.
Esa controversia tiene cierto parecido con los cambios en la composición de la producción de bienes y servicios de los países.
Con frecuencia se deplora que la producción local de algún producto esté sucumbiendo ante la competencia extranjera y se reclaman medidas para impedir su desaparición.
Pero hay quienes creen que es mejor dejar que el proceso prosiga y buscar reemplazos viables en función de sus costos de producción.
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