Mayo nos devuelve una de las tradiciones más hermosas que aprendimos de nuestras venerables madres: llevar flores a María, nuestra Madre espiritual.
En aquellas manos pequeñas que ofrecían flores, latía un corazón que comenzaba a amar a la Madre del Salvador.
Qué hermoso es llevar flores a quien, en sí misma, es una flor: pura, sencilla y llena del buen olor de Dios.
María es esa flor que no se marchita, que permanece viva en el corazón de sus hijos y nos conduce siempre a Cristo.
Hoy, esta tradición corre el riesgo de perderse.
Ojalá esta generación no solo la conozca, sino que la haga vida, volviendo a descubrir el sentido profundo de ese gesto.
Llevar flores a María es, en el fondo, ofrecerle nuestro cariño y reconocer su presencia en nuestra vida.
Que nunca falte ese amor filial hacia quien siempre nos conduce a su Hijo.
Hasta mañana, si Dios, usted y yo lo queremos.
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