Seis décadas y media han transcurrido desde aquella noche de 1961 en que un grupo de hombres valientes quebró las cadenas de la tiranía que durante 31 años asfixió a la nación dominicana. La gesta del 30 de mayo abrió las puertas a la democracia que hoy disfrutamos, pero la deuda con sus protagonistas continúa impaga.
El sacrificio supremo de quienes arriesgaron la vida por devolver la dignidad y la libertad a todo un pueblo contrasta dolorosamente con el abandono institucional que han padecido sus despojos. A 65 años del tiranicidio, nadie sabe con certeza dónde reposan los restos de la mayoría de aquellos patriotas que ofrendaron su existencia por la patria.
Una herida histórica que no cicatriza
Como denunció el doctor Eduardo Sánchez Cabral en una carta dirigida al presidente Joaquín Balaguer en diciembre de 1961, los hijos de los héroes quedaron como «huérfanos de la patria» y sus familiares tuvieron que padecer prisión, además del profundo dolor de su pérdida irreparable.
No existe un altar público donde la ciudadanía pueda rendir tributo ni un sitio sagrado donde los descendientes puedan enjugar sus lágrimas. El pueblo dominicano carece todavía de un espacio digno para honrar a quienes ejecutaron lo que Sánchez Cabral definió como «el más grande de los deberes» que un ciudadano puede asumir.
El reclamo del Panteón de la Patria
La Fundación Héroes del 30 de Mayo, la Fundación Hermanos de la Maza y los familiares de los libertadores alzan una voz unánime: es hora de que el Panteón Nacional abra sus puertas a quienes nos devolvieron la libertad. Solo así —con sus nombres esculpidos en piedra por los siglos y sus restos junto a los próceres— podrá saldarse una de las deudas históricas más flagrantes de la era democrática dominicana.











