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La felicidad como espectáculo

Aprende o emprende

¿Somos felices o necesitamos que los demás crean que lo somos?

La pregunta puede parecer injusta. Todos queremos compartir los momentos importantes de nuestra vida: un viaje, una celebración, un aniversario, un logro, una reunión con amigos. No hay nada extraño en ello. Compartir la felicidad también puede ser una forma de celebrarla.

Pero quizá las redes sociales hayan añadido algo más: la necesidad de que nuestra felicidad sea visible.

Ya no parece suficiente con vivir bien. En ocasiones necesitamos que los demás sepan que vivimos bien.

Publicamos el viaje, la cena, la pareja, los amigos, el éxito profesional, los regalos, las celebraciones. Construimos, sin darnos demasiada cuenta, una narración de nuestra vida en la que aparecen sobre todo aquellos momentos que confirman que todo marcha bien.

Y detrás de esa necesidad de mostrar puede haber algo más profundo que el simple deseo de compartir. Tal vez buscamos valoración. Tal vez aceptación. Tal vez necesitamos que la mirada de los demás confirme que nuestra vida tiene valor.

No es una necesidad nueva. Durante mucho tiempo hemos asociado el éxito con aquello que puede ser reconocido socialmente: el dinero, la profesión, la posición, los bienes, las relaciones. Las redes sociales simplemente han convertido ese escaparate en algo permanente y accesible.

Ahora también la felicidad parece formar parte del éxito que debemos demostrar.

No basta con tener una vida que nos haga felices. Parece necesario que, además, parezca una vida feliz.

Y aquí aparece una paradoja.

Cuanto más insistimos en mostrar nuestra felicidad, menos espontánea puede parecer. Una fotografía de un momento feliz transmite precisamente eso: un momento. Pero cuando la felicidad se convierte en una presencia constante, casi obligatoria, puede empezar a parecer una representación.

No significa que sea falsa.

Una persona puede ser realmente feliz y compartirlo. Puede sentirse orgullosa de su familia, disfrutar de un viaje o celebrar un logro. El problema no está en mostrar la felicidad, sino en la necesidad de mostrarla continuamente.

Porque quizá llega un momento en que dejamos de compartir lo que vivimos y empezamos a construir aquello que queremos que los demás crean que vivimos.

Y no deberíamos olvidar que las redes muestran fragmentos. Vemos las vacaciones de los demás, pero no sus preocupaciones; sus celebraciones, pero no sus días grises; sus éxitos, pero no necesariamente sus fracasos. Terminamos comparando nuestra vida completa con los mejores momentos de la vida ajena.

No se trata de dejar de publicar. No hay ninguna razón para esconder aquello que nos hace felices o los momentos importantes de nuestra vida. Podemos fotografiarlos, compartirlos y celebrarlos.

Pero quizá convenga preguntarnos, de vez en cuando, por qué lo hacemos.

¿Porque queremos conservar y compartir un momento?

¿O porque necesitamos que alguien, al verlo, nos confirme que nuestra vida es suficientemente buena?

La felicidad no pierde valor porque sea mostrada. Pero quizá pierde algo de su credibilidad cuando necesita ser demostrada una y otra vez.

Porque una cosa es compartir la felicidad.

Y otra, muy distinta, es convertirla en espectáculo.

Licelotte Baiges

Entrenadora Internacional de PNL

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