Aprendí a volar metáforas.
No me enseñó a hacerlo una tórtola angustiosa que un día abandonó su hogar para enrumbar hacia sitios desconocidos.
Mi vuelo tampoco fue el del ave migratoria que escapa de espacios conocidos en busca de un refugio donde la libertad no sea solo cuestión del poeta que le cante, sino también de su propio criterio.
Mis vuelos vienen del lugar donde nací.
Recorrí la isla de Cuba de cabo a rabo, como miembro de brigadas culturales, o como simple militar que no sabe lo que quiere.
Llegué a lugares extraños donde valoré gentes que abrían sus puertas con encantamiento.
Me enrolé en aventuras lejos de mi hogar porque desde que el mundo se descubre, nada queda por hacer al aprendiz del escape.
Llega un momento donde el mar es el último recurso de una fuga, no en busca de un mundo alucinante, sino de emprendimiento porque siempre fue mi hábito volar.
Ese afán no me vino por herencia, sino por la caprichosa forma de huir del olor a estancamiento.
Nunca volé por volar.
Ni para descubrir la otra cara de la urgencia.
Lo hice por respeto a mi persona.
Por esa caprichosa manera de corresponder a mi propia indumentaria y dejar un buen legado para mi descendencia.
José Jacinto Milanés (1818-1863) es un poeta cubano que vivió y murió en la provincia de Matanzas, en el Occidente de Cuba.
Procedente de una familia modesta, no pudo cursar estudios superiores en la universidad, de modo que fue formado por un maestro particular quien le enseñó latín, francés e inglés.
Tales conocimientos le posibilitarían dedicarse a la traducción.
Fue comerciante y secretario de la Compañía de Ferrocarril de Matanzas.
El también poeta Domingo del Monte lo inició en la literatura.
Sus primeros poemas, aparecidos en 1837 en «El aguinaldo habanero», recurren al tono sentimental de Lope de Vega, pero desde 1837 se advierten otras influencias románicas, sobre todo de Lord Byron y José de Espronceda.
A partir de 1843 su mente dio signos de agotamiento intelectual.
En busca de recuperación emprendió un viaje por Estados Unidos, Londres y volvió a Cuba en noviembre de 1849.
Pero su recaída final sucedió tres años después, en 1852, y nunca más volvió a reestablecer su maltrecha salud; quedó desde entonces recluido hasta su fallecimiento.
A pesar de su obra que resume, además, entre el drama, el ensayo y el teatro, toca ciertas claves para entender el tiempo de su vida.
Es autor de un poema clásico que pertenece por derecho propio al arraigo social de la llamada identidad cubana y al desarraigo de quien parte en busca de respuestas más cercanas a su propia existencia.
En mi caso, y salvando distancias, soy un tórtolo que un siglo antes, su destino fue cantado, previendo su escapada de su tierra, en versos como estos que no he podido superar en forma y fondo, aunque están prendidos muy dentro de mi vida.
La fuga de la tórtola Tórtola mía, sin estar presa, hecha a mi cama y hecha a mi mesa, a un beso ahora y otro después, ¿por qué te has ido, ¿qué fuga es esa, cimarronzuela de rojos pies? ¿Ver hojas verdes solo te incita?, ¿el fresco arroyo tu pico invita?, ¿te llama el aire que susurró? ¡Ay de mi tórtola, mi tortolita que al monte ha ido y allá quedó! Oye mi ruego, que el miedo exhala ¿De qué te sirve batir el ala, si te amenazan con muerte igual la astuta liga, la ardiente bala, y el cauto jubo del manigual? Pero ¡ay! tu fuga ya me acredita que ansías ser libre, pasión bendita que aunque la llore la aplaudo yo.
¡Ay de mi tórtola, mi tortolita, que al monte ha ido y allá quedó.
Si ya no vuelves, ¿a quién confío mi amor oculto, mi desvarío, mis ilusiones que vierten miel, cuando me quede mirando al río y a la alta luna que brilla en él? Inconsolable, triste y marchita, me iré muriendo, pues en mi cuita mi confidenta me abandonó.
¡Ay de mi tórtola, mi tortolita que al monte ha ido y allá quedó! Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES mundial de futbol proyecto campo joven.










