Curador dominicano impulsó el arte interactivo desde México y apenas fue reconocido en su país
Príamo Lozada, nacido en Santo Domingo en 1962, se convirtió en México en uno de los curadores más importantes del arte electrónico latinoamericano. Su obra anticipó preguntas sobre la interacción máquina-cuerpo que hoy son cotidianas, pero en República Dominicana solo tuvo una mención póstuma en 2007.
Busqué su nombre en fuentes dominicanas. Encontré una sola línea. El 21 de agosto de 2007, dos meses después de su muerte, la prensa dominicana reportó que la Asociación Dominicana de Críticos de Arte le había otorgado un reconocimiento especial póstumo, junto a las figuras de María Ugarte y Jeannette Miller. No hubo obituario. En los diecinueve años transcurridos desde entonces, ninguna otra mención. Todo lo demás que hoy sabemos de él viene de México, España e Italia.
Nació en Santo Domingo en 1962. A mediados de los noventa se instaló en México y ahí, sin formación previa en artes visuales, se convirtió en uno de los curadores más importantes del arte electrónico latinoamericano. El arte electrónico —video, instalaciones interactivas, obras que responden al movimiento del cuerpo o a la presencia del público— llevaba entonces apenas tres décadas de existencia y luchaba por un lugar serio en los museos. Fue de los primeros en formular desde un museo preguntas que el mundo entero se haría después, con el teléfono en la mano.
En 1999 organizó el primer festival de video y arte electrónico de la Ciudad de México. Poco después fue el principal impulsor del Laboratorio Arte Alameda, del Instituto Nacional de Bellas Artes, donde curó la obra de Mona Hatoum, Daniel Buren y Rafael Lozano-Hemmer. En 2005 curó Dataspace, presentada primero en Madrid como parte de México en ARCO ’05 y después ampliada en el Laboratorio Arte Alameda. Su título, recogido en el catálogo, resume su obsesión curatorial entera: del objeto observado al sujeto participante.
En 2005, junto a la curadora Taiyana Pimentel, llevó Tijuana Sessions a Madrid, dentro del programa de ARCO con México como país invitado: dieciséis artistas, treinta y nueve obras, una muestra sobre la efervescencia artística de la ciudad fronteriza con Estados Unidos. Que fueran justamente ellos dos quienes eligieran Tijuana no es casualidad. Taiyana es cubana; Príamo, dominicano. Los dos habían construido su carrera en un país que no era el suyo, entendiendo desde el propio cuerpo lo que significa habitar un borde sin pertenecer del todo a ninguno de los dos lados. La curaduría en uno de los puntos cruciales de la frontera más transitada del mundo no fue trabajo neutral: fue la labor de dos personas que conocían la frontera desde dentro.












