La trágica muerte del joven Darlin Mercado Reyes, que ha conmovido profundamente a la sociedad dominicana, exige una investigación exhaustiva y que se establezcan las responsabilidades que correspondan conforme a la ley.
Pero, además de la respuesta judicial, el país debería hacerse una pregunta aún más importante: ¿qué debe cambiar dentro de una institución policial para evitar que tragedias como esta vuelvan a repetirse? Hace muchos años, un comandante de mucha experiencia me dejó una enseñanza que nunca olvidé.
Al finalizar una conversación me dijo: “Comandante, al policía hay que hablarle todos los días.” Con el tiempo comprendí que aquella frase no se refería únicamente a impartir instrucciones.
Significaba formar el criterio con el que un policía tendría que tomar, algún día, las decisiones más difíciles de su carrera.
Porque la patrulla no comienza cuando un vehículo enciende el motor.
La patrulla empieza en el cuartel.
Muchos creen que el pase de lista es un simple control de asistencia.
En realidad, constituye el primer acto de seguridad ciudadana del día.
Es allí donde el comandante reúne a su personal, explica la misión de la jornada, informa las novedades del servicio y recuerda que el uso de la fuerza constituye siempre el último recurso legítimo permitido por la ley.
Pero su responsabilidad va mucho más allá.
Debe orientar, escuchar, observar y corregir.
Un comandante experimentado aprende a leer a su personal.
En la Policía preventiva, el debido arreglo personal forma parte de la disciplina del servicio.
Por eso, cuando un agente se presenta con una barba que rompe esa norma, el uniforme descuidado o un comportamiento diferente al habitual, el comandante sabe que algo puede estar ocurriendo.
Entonces pregunta: —¿Qué le pasa? La respuesta puede revelar una enfermedad en la familia, una crisis económica, un conflicto personal o una noche sin dormir.
Ese breve diálogo puede evitar que un policía emocionalmente afectado salga armado a patrullar.
La prevención también consiste en saber observar.
Detrás de cada uniforme hay un ser humano.
Escuchar también es prevenir.
Todo policía debería iniciar su servicio recordando su misión: proteger la vida y la integridad de las personas, preservar el orden público, garantizar la convivencia pacífica y proteger los bienes, siempre dentro del marco de la Constitución y las leyes.
El uniforme no concede privilegios; impone responsabilidades.
Nunca olvidaré la visita que hice a un oficial condenado a veinte años de prisión por una actuación cometida durante el servicio.
Mientras conversábamos, no hablaba primero de la cárcel.
Hablaba de su esposa y de sus hijos.
Me contó que, después de su condena, su familia tuvo que abandonar su hogar para vivir con distintos familiares y vender lo poco que tenía para enfrentar el proceso judicial.
Aquella conversación me dejó una enseñanza imborrable: una mala decisión puede destruir en segundos una carrera y cambiar para siempre el destino de toda una familia.
Hay una verdad de la que poco se habla: las armas no toman decisiones; las personas sí.
Y el criterio con el que un policía actúa en un momento crítico no nace por casualidad.
Se construye todos los días.
Los policías no solo aprenden en la academia.
Aprenden, sobre todo, de lo que ven en sus superiores.
Un comandante puede hablar durante horas sobre disciplina y honestidad.
Pero si su conducta contradice sus palabras, sus hombres recordarán el ejemplo y olvidarán el discurso.La cultura institucional desciende desde el liderazgo.
Cada comandante termina formando policías que, tarde o temprano, se parecen a él.
Toda reforma policial debería responder una pregunta esencial: ¿Fortalece realmente el liderazgo, la supervisión y la cadena de mando? Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES Edición impresa españa israel diplomacia realeza.












