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Politica

La popularidad no gobierna un país

Hay una frase que más que ser una simple frase se ha convertido en una especie de mantra político, algo así como que constituye ya por sí misma un argumento político a la hora de mencionar ciertos personajes: “Pero él no era (es) político”.

Yo no sé ustedes, pero yo la escucho en cada ocasión que alguien intenta validar su punto tratando de explicarnos por qué deberíamos fiarnos de un candidato que viene de algún medio que le dio popularidad sin haber incursionado nunca, hasta ese preciso momento, en ámbitos políticos. Dígase, televisión, negocios, deportes, redes sociales o, sencillamente, de una vida ajena a la administración pública.

La gente se asombra y hasta siente fascinación, como si no haber pertenecido a la política fuera, por default, una virtud. Yo me atrevería a asumir que esta forma de pensar es quizás uno de nuestros mayores errores.

Una cosa es estar HARTOS de los políticos; que lo estamos eh… y otra muy distinta es pensar y hasta llegar a creer que cualquiera que no sea político está preparado para gobernar.

No es lo mismo, ni es igual.

No baso mi criterio tampoco en la falta de titulación académica porque creo fielmente que un presidente puede no haber estudiado Ciencias Políticas, Derecho, Administración Pública o cualquier otra carrera universitaria y, aun así; ser plenamente capaz de regir un Estado. Una universidad no forja dirigentes, de la misma forma que un título no fabrica criterio, carácter o integridad.

Mi preocupación es algo con un marco mucho más profundo… qué fácil hemos empezado a confundir la popularidad con la capacidad. Parecería que es algo nuevo, pero no lo es, en política esto lleva décadas sucediendo. Estos saben que una persona conocida tiene ventajas abismales frente a otra persona preparada pero que nadie conoce. Es que la figura ya viene con carta de presentación, no necesita presentarse; aunque sea un personaje basado en el gusto popular.

Lo que sucede con este tipo de figuras que luego incursionan en la política es que la gente, que es quien los elige, crea un vínculo emocional con ellos, como son populares, la gente asume que ya los conoce, ya tienen una historia sobre ellos, saben cómo habla, cómo sonríe, cómo reaccionaría, o al menos eso creen. Eso en estos tiempos de validación externa, en esta época en la que todo es viral y conocido, esa relación emocional vale muchísimo.

Como yo lo veo; la disyuntiva no es que piense que alguien que llegue a la presidencia sin haber sido político sea malo, ese discurso se me rompería con casos como el de Zelensky, que es el caso de unos pocos, el dilema es creer que esa popularidad y la capacidad de conectar con las masas o el éxito en otros campos, constituyan por sí solos, los dotes necesarios para gobernar.

Un presidente necesita más que el talento de convencer a la gente, no es como decir, ven vamos a manejar mi empresa; eso sería fácil… tiene que administrar una nación; que por más pequeña que sea; quien la maneje debe entender instituciones, delegar, construir equipos estratégicos, negociar con poderes distintos, manejar informaciones que contradicen su propio criterio… aparte de respetar límites y tomar decisiones cuyos resultados quizás no vea concretarse durante su período.

Una celebridad puede tener millones de seguidores y aun así no tener ni saber hacer ninguna de las cosas que te dije.
Casos hay varios para aclarar nuestra hipótesis de que el populismo llevado a la política no siempre funciona:
Abdalá Bucaram (1996-1997), que aunque sí tuvo un background político, se confundió su popularidad con su inteligencia para gobernar. Presidente de Ecuador, un fenómeno político, que duró solo seis meses en funciones, funciones de las cuales fue depuesto por el Congreso en medio de una profunda crisis política. Tiempo después Estados Unidos lo acusó de corrupción significativa, o sea, que fue grande y usted dirá corruptos lo son casi todos, pero es en la forma hasta de corromper donde se nota la diferencia… sobornos, apropiación de fondos públicos de forma deliberada, eso no es de gangster.

Joseph Estrada (1998-2001), peor todavía… pasó de ser una de las estrellas más queridas del cine filipino a convertirse en presidente en 1998, otro que tuvo que abandonar sus funciones por problemas de mal manejo y acusaciones de corrupción y demás.

Jimmy Morales (2016-2020), un comediante de Guatemala muy querido, llegó a la presidencia en el 2016, con su discurso de outsider, “ni corrupto, ni ladrón”. Eso y la parte de ser popular y que no era político le dieron la victoria en segunda vuelta y ups, sorpresa… el que llegó prometiendo combatir la corrupción, terminó enfrentándose a la institución que perseguía la corrupción en su país. Su credencial y éxito político se basaba en no ser ellos, y terminó enfrentándose a investigaciones y acusaciones relacionadas con financiamiento político. Ironías… quiero que pienses que a lo mejor Guatemala no lo eligió a Morales porque pudo haber demostrado que sabía gobernar; lo eligieron porque era precisamente lo contrario de esos políticos que habían sumido al país en una crisis por corrupción.

O sea, el hartazgo de la gente puede ser más que suficiente para darte el poder; no significa que será suficiente para enseñarte a ejercerlo.

Hasta que llegamos a Donald J. Trump… el hombre de los rascacielos, los concursos de belleza y demás, todavía hay gente que se pregunta, cómo esa figura llegó a ser el presidente de la nación más poderosa del mundo. El patrón que se sigue es digno de estudio, la gente se harta de sus políticos, pasan de ser la solución, a ser vistos como el problema.

Cuando llegamos a ese nivel de indignación y aparece alguien que dice “yo no soy como ellos”, convertimos su inexperiencia política la cual sería una debilidad, en su argumento de venta más grande; asumimos que no debe demostrarnos que sabe gobernar; nos basta con que no sea igual al resto a los cuales ya no soportamos, cuando los partidos tradicionales pierden credibilidad, un candidato ajeno al sistema puede hacer promesas más amplias porque no carga con la responsabilidad de haber gobernado anteriormente. El populismo tiene una cosa buena, una ventaja se podría decir, simplifica… Los problemas de un país pueden ser económicos, institucionales, históricos, culturales, fiscales, educativos, migratorios, judiciales y geopolíticos al mismo tiempo; pero el populismo puede convertirlos en una sola historia: Ellos son el problema… Yo soy la solución.

¿Qué estamos eligiendo cuando elegimos a una persona por su popularidad?

Nosotros no necesariamente estamos votando por el hombre que sabe gobernar… en ocasiones votamos por la persona que mejor sabe representar nuestra frustración; y eso no es exactamente lo mismo, la personalidad puede convertirse en sustituto del proyecto político, pero para ejercer el poder no basta la personalidad. Al elegir una persona basándonos en su personaje social no necesariamente elegimos la persona que conocemos, sino, la versión de esa persona que creemos conocer.

Sería intelectualmente deshonesto escribir este artículo sin detenernos frente a la excepción que probablemente sea la más incómoda para mi argumento.

Nayib Bukele, cuando alguien dice que un outsider no puede gobernar, El Salvador aparece inmediatamente como respuesta de que a veces sí puede y no podemos negarlo.

Bukele no era un político tradicional cuando llegó a la presidencia. Ya había sido alcalde de Nuevo Cuscatlán y de San Salvador, pero construyó una enorme popularidad enfrentándose precisamente a la clase política tradicional y consiguió algo que sería absurdo negar: una transformación extraordinariamente visible de la situación de seguridad de El Salvador, quienes antes eran conocidos únicamente por sus pandillas.

Su popularidad ha sido enorme. En 2024 obtuvo aproximadamente el 85 % de los votos y consiguió un segundo mandato. Su política de seguridad ha reducido drásticamente los homicidios, aunque también ha estado acompañada de detenciones masivas y denuncias de violaciones de derechos humanos. El régimen de excepción iniciado en 2022 produjo una caída significativa de los homicidios, pero también decenas de miles de detenciones y numerosas denuncias de detenciones arbitrarias.

Entonces, ¿qué hacemos con Bukele? Definitivamente no negarle su reconocimiento.

Hemos cometido el error de mezclar dos cosas distintas.

¿Funciona? Y si funciona, ¿es democrático? Una cosa no responde automáticamente la otra. Un gobierno puede ser eficaz y autoritario, puede construir carreteras y perseguir opositores, puede reducir homicidios y debilitar instituciones, puede ser extraordinariamente popular y, al mismo tiempo, concentrar demasiado poder.

Las contradicciones existen y en El Salvador son cada vez más difíciles de ignorar.

Freedom House señala que el Ejecutivo ha concentrado control sobre la Asamblea Legislativa, el Poder Judicial y organismos de supervisión, además de documentar denuncias de detenciones arbitrarias y otros abusos. En 2025, la Asamblea dominada por el partido de Bukele eliminó los límites constitucionales a la reelección presidencial, abriendo la puerta a que pudiera permanecer en el poder indefinidamente y en julio de 2026, su partido lo nominó para buscar un tercer mandato en 2027.

So, quizá deberíamos dejar de decir: «Bukele demuestra que el populismo funciona.» Y empezar a cuestionarnos algo más interesante:

¿Qué significa exactamente que algo funcione?

Si significa reducir la criminalidad, Bukele tiene resultados que sus defensores pueden mostrar, si significa conquistar una mayoría electoral, también, si significa construir un gobierno capaz de tomar decisiones rápidamente, también… Pero si «funcionar» significa construir una democracia saludable, con instituciones capaces de limitar incluso al gobernante popular, la respuesta es mucho menos grata.

Y aquí está precisamente mi problema con el argumento de que necesitamos un Bukele en cada país, no, no señores, no sabemos si necesitamos un Bukele. Lo que sabemos es que muchas sociedades desesperadas quieren encontrar  uno; y eso, mis amores, son cosas completamente distintas.

Porque digo esto, porque el peligro de construir un Estado alrededor de una personalidad es que terminamos dependiendo de que esa personalidad sea buena.

Una democracia seria no debería necesitar que el hombre en el poder sea excepcionalmente bueno para evitar que haga cosas excepcionalmente malas. Debería tener instituciones capaces de detenerlo.

Eso es lo que mucha gente parece no comprender cuando defiende la concentración de poder con el argumento de que «mientras el que esté ahí sea bueno, no hay problema».

Ese argumento es peligrosísimo.

Las Constituciones no se escriben pensando únicamente en el gobernante que admiramos… Se escriben pensando también en el gobernante que todavía no conocemos. Hoy puedes entregarle poderes extraordinarios a alguien que consideras brillante, honesto y necesario; mañana puede llegar alguien mediocre, corrupto, vengativo o sencillamente incompetente y si destruiste los mecanismos que podían detenerlo, ya no importa cuánto te arrepientas de haberlo hecho.

Ahí es donde aparece mi verdadera objeción al populismo, no es que un outsider no pueda gobernar, por supuesto que puede.

Volodymyr Zelensky llegó a la presidencia de Ucrania en 2019 después de una carrera como comediante y actor. Ganó con aproximadamente el 73 % de los votos, en una elección marcada por el cansancio de los ucranianos con la clase política tradicional. Y sería absurdo utilizar su historia para afirmar que todo outsider fracasa.

De hecho, su caso demuestra precisamente lo contrario: no existe una regla que diga que una persona que viene de fuera de la política será necesariamente un mal presidente.

Lo que sí existe es una regla mucho más sensata:
No confundamos el lugar de donde viene una persona con las capacidades que posee.

Un actor puede tenerlas, un empresario puede tenerlas, un periodista puede tenerlas, un militar puede tenerlas, un influencer puede tenerlas y un político profesional puede muy bien no tenerlas.

El problema no es el currículum, el problema es el carácter, la conciencia, el criterio. Es la capacidad de escuchar a alguien que piensa distinto sin interpretarlo como una amenaza.

Es saber rodearse de personas más inteligentes que uno, comprender que el poder no convierte las opiniones del gobernante en verdades, tener la disciplina suficiente para entender que una nación no es una empresa, ni una red social, ni un programa de televisión, ni una campaña electoral permanente y sobre todo, es comprender algo que parece haberse olvidado: ser presidente no consiste en conseguir que la gente te quiera… Consiste en tomar decisiones incluso cuando nadie va a aplaudirlas.

Un presidente gobierna también para quienes no votaron por él, para quienes lo detestan, lo critican, para los que protestan, quienes escriben en su contra, quienes jamás van a aparecer en una fotografía con él; esa capacidad de soportar el desacuerdo es quizá una de las cualidades más importantes que puede tener alguien que ocupa el poder.

El populismo necesita enemigos, sí, claro que sí.

Necesita dividir el mundo entre «nosotros» y «ellos». El pueblo contra la élite, los buenos contra los malos, patriotas contra los traidores, los que quieren salvar al país contra los que supuestamente quieren destruirlo. Y para mí, cuando un gobernante empieza a convencerse de que él representa personalmente al pueblo, cualquier oposición puede comenzar a parecerle una oposición contra el país.

Ahí es donde la popularidad puede convertirse en una amenaza, cuando un presidente dice: «El pueblo me eligió», eso es democracia, pero cuando empieza a decir: «Como el pueblo me eligió, nadie tiene derecho a detenerme», eso ya es otra cosa.

Ahí es donde tenemos que llamar a las cosas por su nombre. No necesito decir que Bukele es un mal presidente para reconocer que su modelo contiene rasgos autoritarios.

No se precisa negar la reducción de la violencia para cuestionar el costo institucional de conseguirla. Tampoco defender a los políticos tradicionales para advertir sobre los peligros de entregar demasiado poder a uno solo y tampoco necesito creer que todos los políticos son buenos para entender que la solución a los malos políticos no puede ser entregarles el Estado a personas famosas; porque ese es el verdadero error.

Estamos buscando salvadores cuando deberíamos estar construyendo instituciones, movimientos y tratando de romper la ruleta que nos ha pisado por años.

Nos hemos acostumbrado tanto a la decepción que empezamos a creer que necesitamos un hombre extraordinario para solucionar un país ordinario.

Y quizá deberíamos aspirar a algo mucho menos emocionante, pero infinitamente más seguro. Un Estado que funcione aunque su presidente sea mediocre, una justicia que pueda decirle que no al presidente, un Congreso que no sea una extensión de su voluntad, una prensa que pueda criticarlo sin miedo. En fin… Instituciones que no dependan de su popularidad.

Una democracia madura no debería necesitar encontrar un salvador… Debería ser capaz de sobrevivir incluso cuando quien ocupa el poder no lo es.


Por Ann Santiago

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