La validez de los principios comúnmente aceptados por los economistas reposa sobre un conjunto de supuestos acerca del comportamiento de las personas y las empresas.
Se presume, por ejemplo, que los consumidores compran bienes y servicios con el propósito de satisfacer sus necesidades y maximizar su bienestar, y que las empresas actúan orientadas por el deseo de ganar la mayor cantidad posible de dinero, tomando en cuenta su situación presente y sus perspectivas futuras.
Los economistas, sin embargo, no son tan ingenuos como para creer que todos esos supuestos se cumplen en la vida real al pie de la letra.
Saben que existen muchas circunstancias que provocan que personas y empresas actúen de otra forma.
Falta de información adecuada, disposiciones legales, errores de apreciación, desacuerdos, compromisos adquiridos previamente y numerosas otras restricciones pueden ser causas de variaciones.
Pero para fines de la validez de los principios, lo importante es que como regla general los supuestos coincidan con las motivaciones que determinan el comportamiento.
A ese respecto, si se pasa revista a la lista de supuestos que los economistas suelen admitir, nos encontramos con que mayoritariamente acogen la noción de que la fuerza más poderosa y relevante es de índole individualista o, como algunos dicen, egoísta.
Son los intereses personales, abarcando los del núcleo familiar o del grupo empresarial al que pertenecen, los que predominan como guía para decidir qué hacer y qué no hacer.
La consecuencia es un tanto desconcertante.
Para los objetivos del análisis económico, especialmente en relación con la capacidad de elaborar pronósticos y predecir eventos futuros, las actuaciones altruistas, desinteresadas y solidarias, los sacrificios personales, las donaciones anónimas, las concesiones unilaterales y demás muestras de generosidad son más difíciles de incluir en los estudios.
Se les trata como excepciones, hasta cierto punto anomalías, cuyo peso específico no altera significativamente el comportamiento de la mayoría.
Como la generosidad es normalmente más valorada que el egoísmo, a veces se concluye que la ciencia económica está fundamentada en conceptos opuestos y antagónicos a la cohesión social.
Pero si se indaga la razón por la que los modelos económicos usualmente parten de esa noción egoísta para construir el esquema de supuestos, la respuesta es que eso sucede porque el comportamiento observado se ajusta mejor a ella que a cualquier otro criterio.
Si el comportamiento fuese distinto, otros serían los supuestos.
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