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La vida trae guía, pero no instrucciones

Quinto Piso

Ninguna de las etapas que nos corresponde vivir trae instrucciones. Muchos tenemos el privilegio de contar con guías serios, entregados y responsables: personas que nos orientan, nos acompañan y, en determinados momentos, parecen conocer el camino. Pero una guía no es un manual, y crecer también significa comprender que nadie puede vivir nuestra vida por nosotros.

Al llegar a la adultez, muchos terminamos viviendo como si la vida fuera una tienda IKEA: siguiendo flechas, recorriendo pasillos en el orden indicado y convencidos de que, si cumplimos cada etapa —estudiar, graduarnos, conseguir un buen trabajo, casarnos, tener hijos, comprar una casa, ascender y producir—, al final tendremos una vida completa. Durante años hemos aprendido a mirar la vida de esa manera, como si existiera un recorrido exacto y cualquier desvío fuera una señal de atraso, fracaso o desorden.

Pero la vida real rara vez respeta ese mapa. Hay quienes alcanzan los más altos honores académicos, ocupan posiciones importantes, acumulan reconocimientos, bienes y logros profesionales, y aun así sienten un vacío que ningún título consigue llenar. En la otra orilla, existen personas que han recorrido caminos mucho más sencillos, viven modestamente, no aparecen en grandes titulares ni exhiben una larga lista de éxitos, pero han construido algo que no siempre se puede medir: paz, equilibrio, vínculos sanos, gratitud y una vida que les hace sentido.

Entonces, vale preguntarse: ¿quién decide cómo se ve una vida exitosa?

La sociedad suele ofrecernos respuestas rápidas. El éxito se mide por lo que logramos, por cuánto producimos, por el cargo que ocupamos, por lo que podemos comprar, por el reconocimiento que recibimos y, cada vez más, por la imagen que proyectamos. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos cómo se siente esa vida por dentro. Porque una cosa es hacer, y otra muy distinta es ser.

Podemos hacer muchísimo y seguir sintiéndonos vacíos y solos. Podemos cumplir las expectativas de nuestros padres o tutores, y aun así vivir desconectados de nosotros mismos, recibir aplausos y no tener paz, o alcanzar aquello que durante años creímos que deseábamos para descubrir, al tenerlo en las manos, que nunca fue realmente nuestro sueño. Tal vez ahí esté una de las grandes confusiones de nuestro tiempo: hemos aprendido a construir currículos extraordinarios, pero no siempre sabemos construir la vida que queremos habitar.

Y no se trata de despreciar los logros, todo lo contrario. Estudiar, crecer profesionalmente, prosperar, tener metas y aspirar a mejores condiciones de vida son cosas muy valiosas. El problema comienza cuando convertimos esas metas en la única medida posible de realización. Porque no todos queremos lo mismo, no todos necesitamos lo mismo, no todos haremos la misma ruta y, sobre todo, no todos tenemos que llegar al mismo lugar.

Hay personas cuyo mayor sueño será dirigir una empresa, mientras otras encontrarán plenitud criando a sus hijos. Alguien querrá recorrer el mundo y otra persona preferirá construir una vida tranquila en el mismo lugar. Habrá quien descubra su vocación a los veinte años y quien necesite llegar a los cincuenta para entender qué quiere hacer con el resto de su vida. Ninguna de esas historias es necesariamente superior a la otra.

Quizá deberíamos dejar de vivir siguiendo flechas ajenas y sintiendo que algo está mal cuando nuestro recorrido no coincide con lo que exige la sociedad. La vida no trae instrucciones para realizarnos: no existe un camino obligatorio, tampoco una edad precisa para casarse, tener hijos, comprar una casa, alcanzar estabilidad, cambiar de carrera, comenzar de nuevo o sentirse realizado, y mucho menos existe una fórmula universal para la felicidad. Cada persona tiene una historia distinta, circunstancias diferentes, heridas que los demás desconocen, sueños propios y una manera particular de entender lo que significa vivir bien.

Por eso, quizá el verdadero éxito no esté solamente en cuánto hacemos, sino en lograr que aquello que hacemos pueda convivir con aquello que somos. En trabajar sin perdernos, en crecer sin dejar de disfrutarnos, en avanzar sin abandonar nuestros afectos, en perseguir metas sin convertir la vida en una eterna carrera hacia la siguiente, y en poder mirar aquello que hemos construido para reconocer nuestra propia voz dentro de ello. Porque de poco sirve llegar muy lejos si el lugar al que llegamos no se parece en nada a nosotros.

La vida no tiene un patrón establecido. Podemos cambiar de dirección, detenernos, regresar, descubrir nuevos sueños, renunciar a otros y hasta darnos cuenta de que aquello que todos perseguían nunca fue lo que realmente queríamos. Quizá por eso una vida bien vivida no sea aquella que siguió perfectamente el recorrido establecido, sino aquella que, al final, se parece de verdad a quien la está viviendo.

Ana Mercy Otáñez

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