Celeste Pérez.
Víctor Ramírez/LD Tuve el privilegio de ser invitada a conocer a Carmen Caballero, presidenta de ProColombia.
El encuentro ocurrió en un lugar que, para mí, tenía una carga afectiva especial: la Embajada de Colombia.
Volver a conectar con ese país desde Santo Domingo hizo que la entrevista tuviera un toque especial.
Colombia ocupa un lugar importante en mis recuerdos ; he regresado varias veces, atraída por la calidez de su gente, la diversidad de sus paisajes y esa sensación de que siempre queda algo por descubrir.
Conocer a Carmen Caballero fue una doble distinción.
Me permitió escuchar a una mujer con una sólida trayectoria profesional y, al mismo tiempo, acercarme nuevamente a la esencia de un país que admiro.
Ella no necesita recurrir a grandes declaraciones para hablar de liderazgo.
Su experiencia empresarial, diplomática y pública revela una forma de dirigir apoyada en la preparación, la disciplina y la capacidad para construir acuerdos.
Durante siete años representó a Colombia como cónsul general en Sevilla, una responsabilidad que fortaleció su habilidad para escuchar, negociar y comprender realidades distintas.
Su recorrido deja una primera lección : la preparación continúa siendo una de las herramientas más poderosas para las mujeres que aspiran a ocupar posiciones de decisión.
Carmen habla del liderazgo femenino desde el mérito, el trabajo constante y los resultados.
Reconoce los desafíos de desenvolverse en entornos altamente competitivos, pero no construye su discurso alrededor de las dificultades.
Prefiere concentrarse en la responsabilidad que implica dirigir y en el propósito que debe orientar cada decisión.
Esa postura es de especial valor en una época en la que la visibilidad suele confundirse con influencia.
Liderar no consiste en ocupar el centro de la escena, sino en tener claridad sobre lo que se puede transformar desde una posición de autoridad.
Desde la presidencia de ProColombia, articula turismo, inversión, exportaciones y marca país bajo una misma visión: generar oportunidades para las empresas, las regiones y las comunidades.
Su trabajo muestra que un cargo alcanza verdadera relevancia cuando las decisiones que se toman desde él producen beneficios que van más allá de la propia institución.
Otro de los aprendizajes que deja su gestión es la importancia de mirar fuera de los grandes centros económicos.
Entre sus mayores satisfacciones se encuentra haber acompañado a empresas colombianas en sus procesos de internacionalización, especialmente a mipymes y emprendimientos de regiones que durante años permanecieron lejos de los mercados globales.
Ese enfoque habla de un liderazgo que no se conforma con avanzar de manera individual.
También abre rutas para que otros puedan hacerlo.
Las mujeres que ocupan posiciones relevantes tienen la oportunidad de ampliar la mesa, identificar talentos y acercar posibilidades a quienes no siempre tienen acceso a ellas.
El éxito adquiere otra dimensión cuando deja de ser una conquista personal y se convierte en una plataforma para el crecimiento colectivo.
Carmen también proyecta a Colombia desde sus fortalezas: la biodiversidad, el talento, la cultura, la innovación y la capacidad de sus regiones para generar propuestas con valor.
Sin embargo, sabe que la imagen de un país no puede sostenerse únicamente mediante campañas atractivas.
Necesita coherencia, confianza y resultados concretos.
De ahí surge otra enseñanza: comunicar una visión exige trabajar para que esa visión sea creíble.
Su mirada sobre el turismo ilustra esta idea.
Para ella, no se trata únicamente de atraer visitantes o aumentar las cifras de llegada.
El turismo puede generar empleos, dinamizar economías locales, recuperar territorios y proteger el patrimonio.
Esa forma de dirigir requiere sensibilidad.
No una sensibilidad asociada a la fragilidad, sino a la capacidad de reconocer las consecuencias humanas de cada decisión.
Detrás de las inversiones, los acuerdos y los indicadores existen personas que esperan empleos, desarrollo y mejores condiciones de vida.
También resulta valiosa su visión sobre la relación entre Colombia y República Dominicana.
Carmen no limita ese vínculo al intercambio turístico.
Identifica oportunidades en la agroindustria, la tecnología, las energías renovables, la infraestructura, el comercio y la manufactura con valor agregado.
Su planteamiento parte de la complementariedad.
Cada país puede crecer sin renunciar a su identidad y encontrar en el otro conocimiento, mercados y alianzas capaces de fortalecerlo.
Saber colaborar, especialmente en entornos donde suele imponerse la competencia, también es una cualidad de liderazgo.
Al escucharla, comprendí que las mujeres que dejan una marca profunda no siempre son las que hablan más alto.
Con frecuencia son aquellas que llegan preparadas, conocen bien su responsabilidad y entienden que una posición importante no concede privilegios: exige más compromiso.
Carmen Caballero proyecta a Colombia hacia el mundo y, al hacerlo, representa una manera de ejercer el liderazgo femenino que merece atención.
Dirige con firmeza , pero sin perder la cercanía; promueve grandes objetivos, sin olvidar a las comunidades ; y ejerce autoridad sin renunciar a la escucha.
De nuestra conversación me quedó una certeza: el liderazgo femenino alcanza su mayor dimensión cuando no se limita a conquistar espacios, sino que los transforma y crea oportunidades para que otras personas también puedan avanzar.
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