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Cultura

Las prisas a la hora de publicar

Las prisas a la hora de publicarLas prisas a la hora de publicar

En una ocasión visitaba una librería de viejo en Madrid.

Me gustan las librerías, pasear y perderme en ellas, porque puedo leer extractos de libros que me llaman la atención (y que a veces se vienen conmigo).

Deambulando por aquella librería, encontré una obra que estaba nueva, de la que había ejemplares distribuidos por diferentes zonas de la estancia: en algunas estanterías, en una mesa donde destacaban algunos libros, sobre algunos muebles, cerca del escaparate… Esta forma de disponerlos estaba principalmente llamada a que pudiera verse en un sitio u otro, y no solo en una pequeña montaña de libros repetidos.

Me pareció curioso que hubiera tantos ejemplares de un mismo libro.

A veces pasa, no se venden y los editores lo venden como libro de saldo antes que enviarlos a la trituradora.

Lo ojeé, el libro era autoeditado por un joven escritor de no más de veinticinco años.

Lo había editado en una empresa de servicios editoriales (también conocidas como editoriales de autoedición).

Cogí el libro, la portada era bonita, llamativa, donde destacaba un fondo amarillo.

Le di la vuelta y leí la contracubierta.

El hallazgo de un libro autoeditado en una librería de viejo

Era autoficción.

La autoficción de un joven de veinticinco años con pretensiones literarias, recién titulado en la universidad, que vivía con sus padres y salvo por unas prácticas no había trabajado en su vida.

Tampoco es que hubiera llevado una vida errática o aventurera o se hubiera visto asolado por alguna tragedia.

En definitiva, la autoficción de una vida total y completamente normativa.

Resoplé con el texto de la contracubierta, pero incluso le di la oportunidad, después de todo, era su primer libro.

Lo abrí y leí un extracto de un párrafo.

Me aburrió.

No contaba nada, más allá de trivialidades y del tedioso transcurrir cotidiano de un estudiante que ha seguido al pie de la letra, los designios del sistema.

Una autoficción sin experiencias ni conflictos

Todo esto con un estilo sin depurar y el dominio justo de las técnicas de escritura.

Abrí otra página y leí otro párrafo.

Me aburrió.

Abrí otra parte y me aburrió.

Cerré el libro y lo dejé donde estaba.

No, no pensaba leerlo y no era porque no le había dado la oportunidad.

De haberme interesado, me lo hubiera llevado, pero no iba a meter en casa un libro que lograba aburrir en cada párrafo.

Más allá del estilo o la técnica, el libro estaba bien editado, es decir, no encontraba fallos garrafales en lo que contaba o faltas ortográficas (es asombroso lo que uno puede encontrar impreso), la maquetación era adecuada, pero le faltaba algo, a la historia le faltaba vida, carecía de brillo.

El tedio de una vida normativa sin interés literario

Se puede escribir una historia en la que no pase nada, pero obviamente hay que saber contarla (y mientras escribo esto, recuerdo los largos y tediosos días que Giovanni Drogo, personaje principal de «El desierto de los tártaros», de Dino Buzzati, pasa en la fortaleza fronteriza, esperando que ocurra algo, pero lo único que pasan son los años).

Es más difícil escribir un texto de ese tipo que, por ejemplo, una aventura de piratas (y con esto me refiero a que la acción ofrece mucho dinamismo y diversión al texto, porque como cualquier otra obra, una historia de aventuras tiene complejidades.

Y más si tiene base histórica, que necesita de una sólida documentación).

En definitiva, al joven escritor le faltaba rodaje.

Puede que dentro de unos años escriba una gran obra, o puede que tras varios intentos, no consiga hilvanar algo en condiciones y termine abandonando, ¿quién sabe? La realidad era que en ese momento de su vida, se apresuró, tenía tantas ganas de ver publicada su obra que se lanzó a pagar a una empresa de servicios editoriales por la edición y publicación de su obra.

Imagino a aquel joven, con todas las ilusiones después de que la empresa elogiara su texto, y a ese mismo joven desprendiéndose de ejemplares pagados al peso, por no saber qué hacer con todo ese material.

Una mala experiencia que quedará como aprendizaje en este largo camino.

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