El pasado mes de junio escribí que Pequeños Grandes Talentos era una pantalla capaz de convertir sueños en oportunidades. Hoy, al concluir su novena temporada, aquella afirmación ya no necesita ser defendida: quedó demostrada, domingo tras domingo, a través de historias, emociones y resultados concretos.
La temporada inició el 14 de junio y llegó a su gran final este 30 de agosto. Más de 500 niños y adolescentes participaron en las audiciones realizadas en Baní, Santiago, Nagua y Santo Domingo. De ellos, 48 fueron seleccionados para subir al escenario de Color Visión y nueve alcanzaron la gala final.
Sin embargo, esas cifras apenas cuentan una parte de la historia.
Detrás de cada participante llegó una familia; detrás de cada familia, una comunidad; y detrás de cada actuación, muchas horas de preparación, disciplina, sacrificio y esperanza. Cada niño llevó al escenario algo más que una canción, un baile, una interpretación o una habilidad especial: llevó la posibilidad de cambiar el rumbo de su propia vida.
Esa es la mayor virtud de PGT. No espera que el talento nazca en los lugares privilegiados ni que llegue formado hasta un estudio de televisión. Sale a buscarlo donde se encuentre.
Los castings regionales y la incorporación del Neurobús representaron precisamente esa voluntad de acercar las oportunidades a los barrios, provincias y comunidades. En un país donde muchas capacidades permanecen ocultas por falta de recursos o visibilidad, esa búsqueda constituye un verdadero ejercicio de inclusión y democratización del talento.
Iván Ruiz definió esta temporada como una “compartencia” más que como una competencia. La palabra pudo parecer novedosa al principio, pero terminó describiendo fielmente lo ocurrido: niños que competían sin dejar de acompañarse, familias que celebraban el crecimiento de otros participantes y una producción que procuró que cada concursante se marchara con algo más valioso que una puntuación.
La novena temporada estuvo llena de momentos que demostraron que el propósito del programa trascendía el escenario.
En su tercera entrega, PGT convirtió su pantalla en una plataforma de solidaridad al respaldar la jornada Hoy por Venezuela. Más adelante, la visita de Amara La Negra permitió hablarles a los participantes sobre autoestima, respeto, perseverancia y prevención del acoso. La artista regresó simbólicamente a la niña que un día comenzó a soñar frente a las cámaras y mostró a los concursantes que una oportunidad temprana, acompañada de disciplina, puede convertirse en una carrera de alcance internacional.
La producción dedicada al Día del Padre, bajo el concepto Un superhéroe llamado papá, reconoció a esos hombres que acompañan, protegen y sostienen los sueños de sus hijos. También dejó uno de los instantes más conmovedores de la temporada con la interpretación de Clara y Ernesto Mancebo en memoria de su padre.
En otra entrega, el escenario sirvió como punto de encuentro para iniciar la reconciliación de los padres del participante Josué Morel. Fue una escena sensible que recordó que detrás del talento de un niño existe una realidad familiar que también necesita atención, diálogo y acompañamiento.
La semifinal denominada Gesta Restauradora conectó el arte de las nuevas generaciones con la historia y la identidad nacional. La música, el humor, las representaciones patrióticas, el homenaje a Gregorio Luperón y la evocación de los héroes de Capotillo demostraron que la televisión infantil también puede enseñar dominicanidad.
Pero uno de los momentos que mejor definió el espíritu de esta temporada fue el encuentro entre Isayli Soto y el atleta Christopher Melenciano.
Isayli, una niña con discapacidad auditiva, recibió la sorpresa de conocer a un campeón dominicano que nació con la misma condición y que ha convertido la perseverancia en una trayectoria deportiva admirable. Aquel encuentro fue mucho más que la entrega de un regalo: fue una niña mirándose en el ejemplo de un adulto que ya recorrió parte del camino que ella comienza.
Cuando la producción anunció que Isayli pasaría a formar parte permanente de la familia de PGT, el programa volvió a establecer su diferencia. No se limitó a producir un momento emotivo para la televisión; tomó una decisión de acompañamiento.
Ahí está la distancia entre utilizar una historia y comprometerse con ella.
La gran final, denominada Gala Soberana PGT, coronó a Luis Justo como ganador de la novena temporada. Su interpretación al piano de Minute Waltz —Vals del minuto—, de Frédéric Chopin, conquistó al jurado y al público. Elio Gómez, representante del casting de Nagua, obtuvo el segundo lugar, mientras Sebastián Pérez alcanzó la tercera posición.
Luis recibió la producción de un tema musical valorada en un millón de pesos, la grabación de un videoclip, un viaje a Cancún, un fin de semana en AHMSA Marina, 100 mil pesos para útiles escolares y una contratación por un año en el programa TopiTok.
Son premios importantes, pero el verdadero valor estará en lo que ocurra después: en la formación, el seguimiento y las oportunidades que permitan convertir el reconocimiento de una tarde en un proyecto de vida.
La final también fue una celebración de la cultura dominicana. La presencia de Niní Cáffaro, El Blachy y Ebenezer Guerra unió distintas generaciones y expresiones de nuestra música. La interpretación de Por Amor, de Rafael Solano, recordó que acercar a los niños a las grandes obras nacionales también es una manera de preservar nuestra identidad.
El regreso de los ganadores de las ocho temporadas anteriores fue igualmente simbólico. La llamada “cosecha PGT” volvió al escenario para demostrar que el programa posee memoria y que sus participantes no desaparecen cuando concluye una temporada.
Fue la representación más clara de su filosofía: PGT no entrega un premio y cierra una puerta. Procura mantenerla abierta.
En esa continuidad merece destacarse el magnífico trabajo realizado por los niños del elenco de TopiTok, programa infantil de Radio Televisión Dominicana (RTVD), canal 4. Muchos de ellos fueron participantes de PGT y hoy regresan a este escenario exhibiendo la experiencia, seguridad y desenvolvimiento que han adquirido frente a las cámaras. En TopiTok desarrollan sus capacidades acompañados por profesionales de la televisión, maestros de canto, baile y actuación, psicólogos y otros especialistas que contribuyen a su formación artística, emocional y humana. Su participación durante esta temporada, en presentaciones, musicales y diferentes intervenciones, no solo enriqueció la producción: también mostró de manera concreta lo que puede lograr un niño cuando su talento recibe orientación, disciplina y seguimiento permanente.
Nada de esto habría sido posible sin el extraordinario trabajo del staff y del equipo de producción de Neuronas Creativas.
Producir televisión en vivo durante toda una temporada exige mucho más de lo que el público alcanza a ver: selección de talentos, investigación, guiones, escenografía, iluminación, sonido, cámaras, ensayos, coordinación de invitados, vestuario, logística, contenido digital, acompañamiento artístico y capacidad para reaccionar ante los imprevistos propios de trabajar con niños.
Cada concepto, homenaje y sorpresa evidenció planificación y sensibilidad. Detrás de las luces existió un equipo que comprendió que debía cuidar tanto la calidad del espectáculo como la experiencia emocional de los participantes.
También merece reconocimiento el jurado integrado durante la temporada por Enrique Félix, Rosa Karina, Diana Filpo, Laribel Olivero y Manerra, junto a las figuras invitadas. Su responsabilidad no consistió únicamente en asignar puntos, sino en orientar, corregir con respeto y ayudar a que cada niño comprendiera que una observación puede ser parte de su crecimiento.
Laura Guzmán de Ruiz merece una mención especial y propia.
Como productora y coautora de este proyecto junto a Iván Ruiz, Laura representa una parte fundamental de la estructura que sostiene a PGT. Su trabajo recuerda que las producciones exitosas no dependen únicamente de quien aparece frente a las cámaras, sino también de quienes organizan, coordinan, cuidan los detalles y preservan la esencia humana del concepto.
Muchas veces, la labor más importante de la televisión es precisamente la que menos se ve: mantener unido al equipo, resolver dificultades, acompañar a las familias y procurar que una gran idea pueda materializarse cada semana. Reconocer a Laura Guzmán de Ruiz es hacer justicia al carácter colectivo y familiar de este proyecto.
Igualmente admirable ha sido el esfuerzo de los padres y tutores.
Ellos constituyen la producción silenciosa de cada presentación. Son quienes organizan los traslados, ajustan los horarios escolares, acompañan los ensayos, ayudan con el vestuario, contienen los nervios y enseñan a sus hijos a recibir con humildad tanto el aplauso como una decisión adversa.
Sin ese respaldo, muchos talentos nunca llegarían al escenario.
Apoyar a un hijo no significa presionarlo para ganar, sino acompañarlo para que aprenda, se prepare y disfrute el proceso. Esta temporada mostró madres, padres y familiares que celebraron el crecimiento de sus niños incluso cuando no obtuvieron un pase. Ese también es un triunfo.
Y en el centro de toda esta obra se encuentra la perseverancia de Iván Ruiz.
Su labor ha sido loable porque no se ha limitado a conducir un programa. Ha convertido una idea que nació como segmento televisivo en una plataforma nacional de formación, exposición y movilidad social para la niñez dominicana.
Nueve temporadas no se construyen únicamente con entusiasmo. Requieren visión, persistencia, recursos, credibilidad y la determinación de continuar incluso cuando el respaldo no siempre llega con la misma rapidez que los desafíos.
Iván entendió algo esencial: la fama no puede ser el objetivo final de un niño. La verdadera meta debe ser que la visibilidad se transforme en preparación, educación, disciplina y oportunidades sostenibles.
Por eso ha procurado que antiguos participantes reciban formación, becas, contrataciones y espacios en otras producciones. Por eso muchos de los niños que una vez concursaron hoy regresan como cantantes, actores, comunicadores, presentadores o integrantes del propio equipo.
Su mayor aporte consiste en haber colocado la televisión al servicio de los niños, en lugar de colocar a los niños al servicio de la televisión.
Luis Justo ganó el primer lugar. Elio Gómez y Sebastián Pérez completaron el podio. Pero la novena temporada produjo muchos más ganadores.
Ganó cada niño que venció el miedo y subió al escenario. Ganó cada familia que descubrió una nueva capacidad en su hijo. Ganaron las comunidades que se vieron representadas. Ganó la televisión dominicana al demostrar que todavía puede reunir a la familia alrededor de un contenido sano. Y ganó el país, porque cada talento bien acompañado representa una posibilidad menos expuesta a perderse.
PGT anuncia ahora una décima temporada. El reto será continuar creciendo sin perder su esencia: buscar donde otros no buscan, acompañar cuando otros se marchan y recordar que el verdadero éxito de un programa infantil no se mide únicamente por el rating ni por la cantidad de premios entregados, sino por las vidas que logra encaminar.
La esperanza no es una idea abstracta. Necesita una convocatoria, un escenario, un maestro, una familia, una producción y alguien dispuesto a creer.
Durante esta temporada, Pequeños Grandes Talentos reunió todos esos elementos y volvió a demostrar que los niños dominicanos no carecen de talento. Lo que muchas veces les falta es una oportunidad.
Iván Ruiz, Laura Guzmán de Ruiz, el staff, la producción, los padres y cada uno de los participantes hicieron posible esta gran temporada.
Porque el futuro de nuestros niños no comienza mañana.
Comienza el día en que alguien cree en ellos y decide abrirles una puerta.











