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Politica

Política: A lo largo de la historia se confirma una verdad casi inmutable: el poder no tolera el vacío

A lo largo de la historia se confirma una verdad casi inmutable: el poder no tolera el vacío.

Allí donde una figura central desaparece, surge inevitablemente la necesidad de un relevo.

Sin embargo, no basta con ocupar el espacio; es necesario ser aceptado por quienes sostienen el sistema.

Como enseña la filosofía política clásica, la autoridad no se impone únicamente por la fuerza o la norma, sino por el reconocimiento.

Así ocurrió cuando San Matías Apóstol fue elegido para sustituir a Judas Iscariote, en competencia con otro candidato, José, apodado Barsabás, según relatan los Hechos de los Apóstoles (Hechos 1:15-26).

Matías no fue escogido por ambición, carisma o imposición, sino porque representaba continuidad, fidelidad y confianza.

Es crucial precisar que, al momento de esta elección, el Espíritu Santo aún no habitaba formalmente entre los apóstoles, pues el acontecimiento de Pentecostés ocurriría días después.

Ante esa ausencia transitoria de guía divina directa, la comunidad recurrió a criterios objetivos, haber acompañado a Jesús desde el principio, y a una dimensión providencial expresada en el sorteo.

Se configuraba así una legitimidad basada en el reconocimiento del grupo y en una aceptación casi orgánica dentro de la comunidad.

Hay un detalle en la elección de Matías que merece especial atención: el sorteo.

Tras deliberar y establecer criterios objetivos, los apóstoles no votaron, echaron suertes.

Ese gesto, que podría leerse como ingenuidad o evasión, encierra en realidad una sofisticada operación política, despolitizar la decisión en el momento más delicado.

Aristóteles, en La Política, ya había identificado el sorteo como un mecanismo propiamente democrático, opuesto a la elección directa, la cual tiende a favorecer a los más carismáticos o poderosos.

El sorteo neutraliza la ambición, quien gana no puede atribuirse el mérito y quien pierde no puede acusar al ganador.

La suerte desarma el resentimiento.

La comunidad apostólica, sin embargo, fue más lejos, convirtió el azar en providencia.

Al invocar a Dios como autor del resultado, trasladaron la responsabilidad de la elección a una autoridad incuestionable.

El sorteo no fue una renuncia a decidir, fue la forma más inteligente de legitimar una decisión que, tomada por criterios puramente humanos, habría dividido al grupo.

Queda entonces una pregunta incómoda: ¿fue Matías elegido porque era el mejor, o porque el método de elección hacía imposible cuestionar a cualquiera que resultara designado? La respuesta no invalida su legitimidad, sino que la complejiza.

Un poder cuya legitimidad resiste esa pregunta es, precisamente, el más sólido.

Desde la perspectiva de Maquiavelo, el reconocimiento colectivo no siempre es la expresión de una confianza positiva, creemos que este es el mejor, sino, en ocasiones, de una confianza negativa, confiamos en que este no nos hará daño.

Ambas lógicas producen legitimidad, pero la segunda es más frágil, pues se sostiene sobre una ausencia, la de amenaza, y no sobre una presencia, la de virtud.

El verdadero sucesor legítimo sería aquel en quien ambas confianzas coinciden, el que no amenaza y, a la vez, construye.

Matías, en su silenciosa fidelidad, encarnó ambas dimensiones.

Por su parte, Hannah Arendt aporta una noción clave: cuando el poder necesita ejercerse mediante la violencia o la imposición unilateral, es precisamente porque el poder genuino ha comenzado a fallar.

La violencia es el sustituto del poder, no su expresión.

En materia de sucesión, esto implica que todo líder que necesita imponerse por la fuerza ya ha perdido la única batalla que importa.

Matías no necesitó imponerse, fue reconocido.

Cualquiera que fuera el método, este proceso revela una profunda necesidad de autopreservación institucional.

Necesitaban ser doce, necesitaban continuar.

Siguiendo a Max Weber, la autoridad no sobrevive sin un tipo de creencia que la sostenga, cuando esa creencia falla, el poder se reduce a mera ocupación.

Matías representó, en ese sentido, una legitimidad esencialmente ética.

Este patrón de búsqueda de legitimidad se repite en otros momentos decisivos de la historia, aunque bajo lógicas distintas.

Tras la muerte de Alejandro Magno, sus generales se repartieron el imperio de forma caótica, y solo prosperaron quienes contaron con el respaldo real de los ejércitos.

Después del asesinato de Julio César, Octavio Augusto logró consolidarse no solo por herencia, sino mediante una estrategia deliberada, y a menudo violenta, de construcción de consensos.

No se trata aquí de una comparación moral con Matías, sino tipológica, lo que estos casos revelan es que la necesidad de legitimar el poder ante quienes lo sostienen es una constante que trasciende épocas, métodos y contextos.

En la modernidad, la renuncia de Benedicto XVI en 2013 permitió la elección del Papa Francisco mediante un proceso institucional y reglado, orientado a preservar la estabilidad.

Tres tipos de sucesión, caótica, estratégico-política e institucional, que convergen en una misma necesidad, construir orden.

Augusto representó la legitimidad política, Francisco la jurídica y ética, Matías la ética en su forma más pura.

Por eso, la pregunta «¿por qué Matías?» trasciende lo religioso y se vuelve profundamente política.

Simboliza al sucesor que no irrumpe, sino que continúa, que no rompe, sino que ordena, que no divide, sino que tranquiliza.

En los espacios de poder, el verdadero heredero no es quien más desea el cargo, sino quien logra encarnar la confianza colectiva.

La historia demuestra que siempre habrá quien ocupe una ausencia, pero el poder no pertenece a quien llega primero, sino a quien logra ser reconocido como necesario.

Matías no fue elegido para llenar un vacío, fue elegido para evitar que el vacío destruyera el orden.

Y esa sigue siendo, en toda época, la verdadera prueba del poder.

Hoy nos corresponde observar cómo se llenarán en nuestro país los espacios esenciales para preservar la democracia.

Al hacerlo, conviene no olvidar estas razones e inspiraciones.

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