Siempre que una congregación, en los tiempos de Pablo, se sentía acosada en su paz espiritual y en su unidad, la palabra y el sabio consejo del Apóstol representaban una bendición , pues en tiempos de confusión y divisiones nada la protegía mejor que la verdad en Cristo.
En los inicios de la primera carta a los Corintios, el gran misionero ataca el problema de la falta de unión en aquella iglesia local.
“Os ruego, pues, hermanos… que no haya divisiones entre vosotros” (v.
10)…
Carnales al fin, los creyentes en Corinto habían creado cuatro facciones, lideradas alrededor de cuatro personalidades: Pablo, Apolos, Pedro y Cristo (1:12).
Ahora bien, este comportamiento era totalmente irrazonable, porque, entre otras cosas, Cristo nunca ha estado dividido (1:13-17).
El Apóstol buscó de inmediato remediar la situación.
En contra de las riñas despreciables y contiendas egoístas, levantó en alto la cruz de Cristo (1:17).
Por eso Pablo predicaba a Jesucristo, y a este crucificado (2:2).
¡Toda la sabiduría del mundo no pudo redimir a la humanidad; esto lo hizo Cristo en la cruz.
Los corintios necesitaban, por tanto, volver sus miradas a la persona y obra de Cristo, y alejarlas de los hombres y la filosofía humana.
“Para, como está escrito, el que se gloría, gloríese en el Señor», y no en ciertos predicadores.
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