Un análisis de cómo el magnate convirtió el caos en estrategia y redefinió la política internacional
Donald Trump ha llevado la personalización de la comunicación presidencial a un nivel extremo, usando la imprevisibilidad como instrumento de poder. Su estilo obliga a gobiernos y mercados a reinterpretar constantemente sus palabras.
El presidente Donald Trump representa la expresión más extrema de la personalización de la comunicación presidencial permanente, porque desde su primer mandato convirtió su palabra y sus redes sociales en una extensión directa de la Casa Blanca, desplazando frecuentemente a portavoces y asesores, mientras declaraciones oficiales, amenazas, opiniones personales, ataques contra adversarios y decisiones de Estado terminan integrándose dentro de un mismo torrente comunicacional.
Su gran fortaleza consiste precisamente en comunicarse sin intermediarios, dominar la conversación pública y obligar a adversarios, aliados, gobiernos y medios a reaccionar frente a los temas que coloca sobre la mesa, pero esa capacidad contiene también su mayor elemento perturbador, porque muchas veces desaparece la frontera entre la palabra institucional del presidente y la reacción personal del dirigente político.
Trump no solamente comunica de manera permanente, sino que introduce deliberada o espontáneamente un componente adicional: la dificultad de anticipar cuál será su próximo movimiento, una lógica impredecible que puede cambiar de tono, táctica, prioridad o respuesta según las circunstancias y que, aun cuando responda a determinada racionalidad interna, posee capacidad para dislocar escenarios y obligar a los demás actores a reajustar continuamente sus posiciones.
Esa conducta remite inevitablemente a la denominada ‘Teoría del Loco’, asociada históricamente con Richard Nixon, quien durante la guerra de Vietnam procuró proyectar ante sus adversarios la imagen de un presidente capaz de adoptar decisiones desproporcionadas, buscando que el temor frente a una posible reacción irracional otorgara credibilidad a amenazas que bajo la lógica diplomática convencional podían parecer poco probables. La comparación con Trump no resulta caprichosa, porque estudios contemporáneos sobre política exterior han encontrado importantes paralelismos entre ambos mandatarios en la utilización de la imprevisibilidad como instrumento de negociación, aunque establecer una equivalencia absoluta sería arriesgado, pues en Nixon existía evidencia de una construcción deliberada de aquella imagen, mientras alrededor de Trump permanece abierta la discusión acerca de cuánto corresponde al cálculo y cuánto a su propia personalidad política.










