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Una sociedad feminicida

La persecución contra Esmeralda Moronta, que culminó trágicamente con su asesinato y el suicidio de su homicida, forma parte del mismo recorrido en el que la sociedad dominicana avanza hacia el abismo de la frivolidad.

El diario secreto de Carolina Beltré, asesinada a puñaladas por su expareja, describe la agonía de una mujer aterrorizada; el mismo sufrimiento que padecen muchas otras que esconden su dolor porque temen ser ignoradas, rechazadas e incluso cuestionadas por un Ministerio Público que, ante los medios de comunicación, prácticamente termina responsabilizándolas de sus propias muertes.

Los comunicadores y opinadores de cualquier tema que insisten en negar la existencia del feminicidio se aferran a una definición limitada, popularizada por Agustín Laje, según la cual aquí no se mata a una mujer por ser mujer.

Con ello, obvian el contexto de la definición de la Real Academia Española, que establece que el feminicidio es el “asesinato de una mujer a manos de un hombre por machismo o misoginia”.

Gloria Reyes, ministra de la Mujer, se defiende argumentando que nadie presta atención a las mujeres que logran ser salvadas.

Como quien dice: “¿qué tanto es lo que reclaman?”.

Lo cierto es que el Ministerio de la Mujer ha demostrado ser un enorme elefante blanco, donde muchos reciben hasta 150 mil pesos en asesorías cuyos resultados siguen sin verse.

Funciones que antes eran cuestionadas por quienes hoy se benefician de ellas y que marchaban incansablemente en tiempos en que la corrupción brotaba como pus en las instituciones, males que al parecer fueron curados con un mentiolé de moralidad cantinflesca.

Artistas como Toxic Crow e influenciadores como Cristian Casablanca, que en la práctica terminan culpando a las mujeres de ser asesinadas por sus exparejas, forman parte de esa sociedad que justifica el feminicidio, aunque intenten negarlo en los mismos videos donde minimizan el valor de la mujer.

Primero justifican el crimen y segundos después aclaran que no lo hacen, para luego reincidir en el mismo discurso.

Y quien los critica es señalado de no haber entendido la “profundidad” de sus mensajes, una especie de chantaje argumental disfrazado de reflexión.

En el caso de Toxic Crow, el mensaje resulta todavía más preocupante.

Pone como ejemplo a una mujer “gordita” cuya pareja le financia una liposucción y que luego le es infiel con un “delivery”.

A partir de ahí, aconseja a las mujeres no actuar de esa manera para evitar una reacción violenta del hombre.

Para él parece más sencillo advertirle a la víctima potencial que condenar de manera firme al agresor.

Pero más lejos aún, él realiza ese video con la sangre de Esmeralda aún caliente en el piso del colmado donde fue abatida.

Y ella, que yo sepa, ni era gordita ni le habían hecho una liposucción, y menos aún, dependía de su matador.

Mientras la violencia siga siendo relativizada, excusada o maquillada bajo discursos de “provocación”, la sociedad continuará fallándoles a las mujeres.

El feminicidio no comienza con el asesinato; empieza mucho antes, en cada justificación, en cada silencio cómplice y en cada institución que decide mirar hacia otro lado.

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