Nos quejamos mucho.
Nos lamentamos si algo no sale como queremos.
Somos inconformes con las bendiciones que día a día recibimos, y no nos damos cuenta de que para valorar al sol es necesaria la tormenta.
Si todo fuera como queremos, no nos detuviéramos a darle valor a nada.
Fuéramos por la vida sólo viendo lo bonito sin notar que lo es; disfrutando del silencio sin darnos cuenta de la paz que genera; gozando de lo perfecto sin saber que hay una mano divina que lo provee… En resumidas cuentas, si no tenemos la contraparte de lo bueno, no lo apreciaríamos como tal.
Convencida de que, como dice la canción de Maridalia Hernández: “Para amar mi libertad hay que encerrarse en mi prisión”, me fui a una ciudad fabulosa donde la gente sabe enfrentar sus luchas y celebrar sus victorias. No vive sólo para reír.
Sabe que las lágrimas también son fruto de las emociones y, que todo ser humano debe experimentarlas, no sólo por tristeza, sino también por alegría.
Allí saben que, detrás del sufrimiento puede llegar otra sensación que dé paz, quietud y permita disfrutar de la calidez de un sol más brillante.
En aquella ciudad fabulosa los residentes mantienen un equilibrio entre lo que son las enseñanzas que dejan las tormentas y las maravillas que proporciona el sol.
Por ese motivo es que para ellos ambas cosas son parte de los regalos que reciben del Señor.
Con sus acciones muestran que cuando llega algo que entienden no es tan bueno, lo acepten y lo asumen conscientes de que después de ahí tendrán una mayor valoración hacia los rayos del sol en su vida.
Me impactó tanto regresar de aquel lugar fabuloso, sobre todo, en esta época en la que la gente sólo quiere sentir la brillantez del sol, nunca sentir cerca la tormenta.
De hecho, en las redes sociales parece que es así.
En su vida todo es hermoso, radiante, fabuloso… como si nada empañara la felicidad que se siente ante tanto bienestar.
Ante esta situación, yo me hago una pregunta: ¿Estarán valorando esta contraposición en su justa dimensión? Porque de verdad, es necesario que conozcamos ambos estados para saber cuál es su impacto en nosotros y cómo podemos reaccionar ante ello.
Hagamos el ejercicio de cerrar los ojos e imaginar que estamos en medio de la tormenta, a ver qué sensación sentimos.
Y luego, abrámoslos y disfrutemos del sol intenso que irradia sobre nuestro rostro.
Veremos que sin duda, aprenderemos a valorar lo hermoso que es él.
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