En Keter, escondido en la cabina del periscopio, Casaubon observaba fascinado el oscilar del péndulo.
Por un momento olvida que la trama de la novela lo ha llevado hasta allí, mientras contempla la isocronía precisa que hace la esfera de cobre sobre el piso de Saint-Martin-des-Champs, como antaño sobre la arena del Pantheón.
El péndulo obedece a una realidad física descrita por Galileo en unas leyes fundamentales, que luego Huygens se encargaría de ajustarlas matemáticamente, y, de paso, convertir a los relojes en instrumentos más precisos.
Lo que en física sirve para explicar cómo una esfera podría –en condiciones de vacío– oscilar durante toda la eternidad si no encontrara resistencias; o cómo el tiempo en que lo hace (isocronía) es el mismo; o que la duración de esa oscilación es invariable, sin importar el material que sirve de peso; bien podría extrapolarse a la política para explicar el porqué de las oscilaciones ideológicas que últimamente estamos viendo en todo el continente… por ejemplo.
De igual forma, podríamos prescindir de la física y recurrir a la filosofía para encontrar fundamentos metafísicos sobre los cuales explicar las realidades materiales; bien sea con Heráclito (Siglo VI a.C.), en su “unidad de los opuestos”, y la afirmación de que “El camino hacia arriba y el camino hacia abajo son uno mismo”; o con el viejo Lao (Siglo VI a.C.), que decía que “el ser y el no-ser se engendran mutuamente; lo difícil y lo fácil se completan”.
O, lo que es lo mismo, la lucha de los opuestos como principio gestor y rector de todo.
Vamos, que Karl no inventó nada nuevo, como luego asegurarían todos los marxistas.
El malabarismo intelectual es necesario para, más allá de quienes justifican las etiquetas que gustan endosar a diestra y siniestra, mientras citan autores como si fueran dioses infalibles de las Ciencias Políticas que avalan los adjetivos políticos que utilizan para descalificar a diario –desde la falsa atalaya de la Falacia de Autoridad–, ir a lo básico.
Para demostrar algo, no basta con citar autores que también tenían ideologías, intereses y conflictos.
La historia de la humanidad es la lucha de los opuestos.
Aplica para las baterías de los carros (positivo/negativo), casquetes polares (norte/sur), diferencias térmicas (frio/caliente), hacer un sancocho (salado/dulce) o el espectro político (derecha/izquierda), etc.
Si Abelardo de la Espriella o Santiago Abascal son de “extrema derecha” y “ultraderecha” (que lo son), por lógica simple, en Colombia y España deben existir políticos de radicalidad ideológica similar –pero contraria–, que sean de “extrema izquierda” y “ultraizquierda”, pero… “aparentemente”, no.
Es más, la prensa nunca los menciona con esas etiquetas, más bien, mientras más radicales, son más “progresistas”.
A nivel de medios, la objetividad debería pesar más que la ideología, y la lógica más que la pasión.
Total, el péndulo siempre gira de un extremo a otro, nos guste o no.
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