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La OTAN necesita un mercado de defensa

Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial en 1939, Canadá prácticamente no contaba con una industria militar significativa.

Seis años después, las fábricas canadienses habían producido miles de aeronaves, cientos de buques de guerra y más de 800,000 vehículos militares.

Un país de apenas 11 millones de habitantes se había convertido en una potencia militar-industrial.

La fuerte inversión del gobierno fue fundamental para esta transformación.

Pero ese gasto habría significado muy poco si Canadá no hubiera construido también las instituciones, los mecanismos de financiamiento y las estructuras físicas capaces de convertir rápidamente los compromisos políticos en producción industrial a gran escala.

Cuando los líderes de la OTAN se reúnan en Ankara para su cumbre de 2026, los días 7 y 8 de julio, deberían tener muy presente esta lección.

En toda Europa y América del Norte, los gobiernos están aumentando su gasto en defensa.

Están anunciando nuevos planes de equipamiento, programas de adquisiciones y objetivos de gasto, incluidos compromisos para destinar el 5 % del PIB a defensa para 2035.

Convertir la defensa en una prioridad estratégica, aumentar el gasto y mejorar los sistemas de adquisiciones son pasos en la dirección correcta.

Pero transformar los recursos en capacidades militares requerirá desarrollar capacidad industrial.

Ucrania ha demostrado que las guerras modernas se financian antes de librarse.

Desde la invasión a gran escala lanzada por Rusia en 2022, Ucrania ha movilizado miles de millones de dólares para ampliar el desarrollo y la producción de drones.

Los resultados han sido extraordinarios: drones que cuestan apenas unos pocos miles de dólares pueden destruir equipos militares cuyo valor es cientos o incluso miles de veces mayor.

Incluso cuando son interceptados, imponen grandes costos a Rusia, que puede verse obligada a disparar misiles de defensa aérea cuyo precio asciende a decenas o cientos de miles de dólares.

Nada de esto habría sido posible sin el financiamiento de las fábricas, los ingenieros, el software, las cadenas de suministro y la capacidad de producción necesarios para fabricar drones a gran escala.

Los países de la OTAN no carecen de recursos, conocimientos tecnológicos ni voluntad política.

Lo que les falta son estructuras de mercado capaces de convertir esas fortalezas en capacidades militares con la rapidez y la escala que exige el entorno de seguridad actual.

La capacidad de producción sigue siendo limitada, los plazos de entrega se extienden durante años y las cadenas de suministro críticas son frágiles.

Mientras persistan estos cuellos de botella, la inflación en el sector de la defensa seguirá aumentando, erosionando el poder adquisitivo y retrasando el despliegue de capacidades que se necesitan con urgencia.

Si los aliados de la OTAN quieren desarrollar la capacidad industrial necesaria para la disuasión, deberán alcanzar niveles de respuesta industrial propios de tiempos de guerra, sin adoptar niveles de control económico también propios de una economía de guerra.

Esto exige un nuevo enfoque para la creación de mercados.

El primer desafío consiste en generar una demanda confiable a largo plazo, un requisito indispensable para que el sector privado invierta en la construcción de nuevas fábricas o en la ampliación de las líneas de producción.

Esto significa que los gobiernos nacionales deben asumir compromisos creíbles de adquisiciones plurianuales, tanto de manera individual como junto con sus aliados.

El segundo desafío es financiar esa nueva demanda.

Incluso cuando existen pedidos futuros, la expansión industrial requiere acceso a capital asequible a largo plazo.

Las nuevas fábricas, los equipos y las líneas de producción exigen importantes inversiones iniciales.

Los fabricantes suelen recurrir a préstamos de bancos comerciales para financiar estas inversiones, y el costo de ese capital termina reflejándose en el precio que los gobiernos pagan por equipos militares y municiones.

Cuando el financiamiento comercial no está disponible o resulta demasiado costoso, los gobiernos suelen tener pocas alternativas aparte de intervenir.

Un enfoque basado en la creación de mercados sería más rentable y productivo que el sistema actual.

Comienza con una institución multilateral creada específicamente para servir como plataforma de financiamiento destinada al desarrollo y la expansión de las industrias de defensa y de las cadenas de suministro relacionadas.

Precisamente ese es el papel que está concebido para desempeñar el Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia (DSRB, por sus siglas en inglés), actualmente en discusión.

Al crear un mercado de financiamiento para la defensa respaldado por los Estados, el DSRB contribuiría a reducir el costo de financiar la expansión industrial.

El entorno de financiamiento más seguro que ello implicaría —junto con compromisos de demanda a largo plazo que garanticen ingresos futuros— atraería a los prestamistas comerciales y estimularía la inversión privada.

Esto contribuiría en gran medida a aliviar la presión sobre los presupuestos de defensa, que en el sistema actual deben cubrir no solo las inversiones directas en capacidades militares, sino también los costos asociados al financiamiento, el riesgo industrial y las ineficiencias.

Cuanto más se reduzcan estos últimos costos, más drones, misiles y municiones podrán adquirir los gobiernos.

Comprometer más recursos es positivo, pero hacer más con los recursos que ya se han comprometido es aún mejor.

El DSRB representa mucho más que otra institución crediticia.

Con el tiempo, crearía una curva de rendimientos con calificación AAA específicamente dedicada a la defensa, la seguridad y la resiliencia.

De este modo, empresas, bancos y gobiernos podrían obtener condiciones de financiamiento diseñadas para los largos horizontes de inversión que requiere la construcción de fábricas, el fortalecimiento de las cadenas de suministro y la expansión de la producción de defensa.

Fortalecer las capacidades de defensa no es únicamente una cuestión de política de seguridad.

También es una política industrial.

Las mismas inversiones que refuerzan la capacidad de disuasión también pueden impulsar la manufactura, la innovación, las exportaciones y el crecimiento económico.

Con adquisiciones plurianuales que generen la señal de demanda y el DSRB proporcionando la plataforma de financiamiento, los aliados podrán finalmente construir un verdadero mercado de defensa.

Ese mercado no sustituiría los presupuestos nacionales de defensa; los haría más eficaces.

El gasto en defensa se convertiría en inversión.

La inversión se convertiría en producción.

Y la producción se convertiría en disuasión.

En 1939, Canadá no se convirtió en una potencia militar-industrial simplemente porque gastara más dinero que los demás.

Lo logró porque construyó las instituciones, los mecanismos de financiamiento y las estructuras industriales que transformaron el gasto en producción.

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