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Economia

La medición errónea de la economía europea

El debate sobre la competitividad europea se ha centrado durante mucho tiempo en la creciente brecha con Estados Unidos.

Pero esa es la pregunta equivocada.

Lo importante no es si la brecha se amplía, sino los mecanismos fundamentalmente distintos mediante los cuales cada economía crea riqueza: Europa obtiene gran parte de su riqueza de los activos acumulados; Estados Unidos depende de la creación continua de nuevos activos.

Esta distinción está en el centro del debate sobre cómo medir la brecha de productividad entre Estados Unidos y la Unión Europea.

Paul Krugman sostiene que, en términos de paridad de poder adquisitivo, la posición relativa de Europa se ha mantenido en términos generales estable.

Por su parte, el también premio Nobel Philippe Aghion y sus coautores argumentan que, a precios constantes, Europa ha perdido terreno de forma sostenida desde la década de 1990.

Sin embargo, ambos están midiendo la brecha; ninguno explica qué la impulsa.

En efecto, Europa es menos productiva que Estados Unidos, y la brecha se ha ampliado según las mediciones a precios constantes.

Pero Europa también es más rica que hace una década: la producción per cápita ha aumentado y la tasa de empleo de la Unión Europea alcanzó un récord del 76.1 % en 2025.

Además, Europa no se percibe más pobre, porque gran parte de su riqueza está incorporada en sus ciudades, instituciones y reputación.

Lo que se ha ralentizado, por tanto, no es la acumulación de riqueza en sí, sino el ritmo al que esta se renueva.

Esa renovación más lenta, más que un declive, es la característica definitoria de lo que podría llamarse una “economía de stock”, en contraste con la “economía de flujo” de Estados Unidos.

“Stock” y “flujo” son tipos ideales de creación de riqueza, no categorías contables.

Una economía de stock genera rendimientos constantes a partir de activos acumulados con el tiempo: ciudades históricas, redes de proveedores, marcas consolidadas, credibilidad regulatoria, conocimientos técnicos y la confianza que reduce los costos de transacción.

Una economía de flujo debe crear continuamente nueva riqueza mediante innovación de frontera, emprendimiento y una rápida expansión.

Europa depende en gran medida de una coordinación heredada, mientras que Estados Unidos depende de una renovación permanente.

Sin duda, el stock europeo dista mucho de ser pasivo.

Las densas redes de proveedores, el capital reputacional y la credibilidad institucional generan auténticas eficiencias productivas.

Sin embargo, una vez que estos activos están consolidados, parte del valor que generan adopta la forma de rentas económicas, en lugar de recompensas a la inversión productiva.

Los propietarios de terrenos en ubicaciones privilegiadas, las empresas consolidadas sostenidas por marcas históricas y los sectores protegidos capturan ese excedente gracias al control de activos heredados.

El mismo stock que genera eficiencia también favorece el inmovilismo.

El ecosistema de la moda en Milán ilustra cómo los recursos culturales acumulados se traducen en lo que los economistas denominan “valor de amenidad”.

Como demuestra el trabajo de Leïla Kebir y Olivier Crevoisier sobre la geografía cultural de la relojería suiza, estos recursos culturales heredados siguen moldeando la producción contemporánea.

El simple hecho de tener una dirección en Milán permite que una nueva marca de moda obtenga inmediatamente un precio superior, ya que la propia ubicación transmite herencia, buen gusto y autenticidad.

La distinción entre economías de stock y de flujo tiene importantes implicaciones para el debate sobre la medición de la productividad.

Dado que las cuentas nacionales registran tanto las rentas reales como las imputadas como parte de la producción, una parte de lo que tanto Krugman como Aghion consideran ganancias de productividad refleja rendimientos derivados de activos heredados, y no de riqueza recién creada.

En otras palabras, la brecha de productividad refleja no solo distintos niveles de dinamismo, sino también el grado en que la producción proviene de activos heredados, en lugar de la creación de nueva riqueza.

Un estudio sobre el impacto económico de las declaraciones de Patrimonio Mundial de la UNESCO en Italia concluyó que las localidades incluidas en la lista experimentaron un crecimiento más rápido tanto de su población residente como de la proporción de contribuyentes de altos ingresos, impulsando la demanda de viviendas de lujo.

Si se eliminan esas rentas pasivas derivadas del legado histórico, el núcleo dinámico de Europa podría parecer más reducido de lo que reconocen tanto Krugman como Aghion.

Desde esta perspectiva, Europa no es tanto una economía en declive como una que vive cómodamente de una extraordinaria herencia mientras lucha por transformarla en un nuevo motor de crecimiento.

En ningún lugar resulta más clara esta distinción que en las industrias emblemáticas de cada economía.

La industria global que define a Europa es el lujo: un sector basado en el stock, en el que la herencia y la reputación adquieren cada vez más valor con el tiempo.

Los sectores insignia de la economía estadounidense son el software y, cada vez más, la inteligencia artificial, donde el valor depende de ampliar continuamente la frontera tecnológica.

Los límites de la economía de stock se hacen evidentes cuando las empresas intentan expandirse.

Aunque Europa alberga más de 35,000 empresas emergentes y numerosas compañías de categoría mundial, el proceso de escalamiento es, por naturaleza, un fenómeno de flujo.

Europa dispone de abundante capital, pero este permanece arraigado; su talento está integrado en instituciones ya existentes y sus mercados siguen fragmentados.

Como consecuencia, el ahorro europeo se invierte en gran medida en el extranjero.

Según el Parlamento Europeo, aproximadamente 300,000 millones de euros (343,000 millones de dólares) salen de la Unión Europea cada año, y buena parte de ese dinero financia la innovación estadounidense.

En su informe de 2024 sobre la competitividad europea, el ex primer ministro italiano Mario Draghi llegó a una conclusión similar: Europa tiene dificultades para convertir su excelencia científica, su enorme volumen de ahorro y su profundidad industrial en empresas capaces de crecer rápidamente.

No obstante, Europa dispone de varios mecanismos institucionales para transformar el stock en flujo.

El primero es la escisión empresarial (spin-off), que permite a las compañías consolidadas actuar como incubadoras.

ASML, la empresa neerlandesa fabricante de las avanzadas máquinas de litografía esenciales para la fabricación de semiconductores, surgió como una empresa conjunta entre Philips y ASM International antes de convertirse en una compañía independiente.

NXP y Signify fueron escindidas de Philips, mientras que Infineon nació de Siemens.

Cada una transformó capacidades acumuladas en empresas preparadas para un nuevo ciclo tecnológico.

El segundo mecanismo es la empresa conjunta (joint venture), que reúne capacidades consolidadas para crear un nuevo campeón industrial.

Airbus, creada mediante la unión de los principales fabricantes aeroespaciales nacionales de Europa, se convirtió en el único competidor serio de Boeing.

La creación de STMicroelectronics mediante la fusión de empresas francesas e italianas de semiconductores siguió la misma lógica.

Por último, aunque no menos importante, está el reciclaje de la riqueza acumulada para convertirla en capital paciente.

La Fundación Novo Nordisk, por ejemplo, canaliza los beneficios obtenidos por una generación hacia la investigación y las empresas de la siguiente.

Estos mecanismos no son versiones europeas del modelo de Silicon Valley.

Representan la forma propia de Europa de convertir activos heredados en nuevos motores de crecimiento.

El error de Europa durante las últimas décadas ha sido intentar injertar una economía de flujo impulsada por el capital de riesgo sobre una arquitectura socioeconómica basada en el stock, construida alrededor de poderosos actores consolidados, rentas estables y cambios graduales.

El resultado ha sido una serie de auges esporádicos del capital de riesgo que no lograron transformar la economía en su conjunto.

En lugar de imitar sin más a Silicon Valley, el desafío de Europa consiste en construir instituciones capaces de liberar recursos atrapados: empresas consolidadas que creen nuevas compañías mediante escisiones, campeones nacionales que combinen capacidades y fundaciones y capital familiar que respalden a las empresas emergentes durante su crecimiento.

Vista desde esta perspectiva, la discusión entre Krugman y Aghion tiene menos que ver con elegir la métrica correcta de productividad que con aquello que esas métricas dejan fuera.

Aunque ambas miden adecuadamente la productividad en la frontera tecnológica, no captan hasta qué punto el desempeño aparente de Europa descansa sobre activos heredados cuyo potencial productivo sigue sin realizarse.

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