“Nunca desperdicies una buena crisis ”, dijo Churchill , en una de las tantas frases que nunca dijo.
Tout à fait, “las crisis se resuelven agudizándolas”, frase apócrifa atribuida al camarada Lenin.
En ese tenor, el gobierno se mira frente al espejo y la ilusión lo engaña.
Sus ojos ven una imagen que se ajusta a su autopercepción de la realidad, esa que le hace sentir poderoso, incapaz de cometer un error; seguro de que el 2028 está tan claro como 2024, pero… pero resulta que aunque el dolor de la mandíbula aún no ha producido el edema, el golpe está ahí, y, aunque en el espejo no se vea, el gobierno se siente desencajado, turulato, “sonao” … No es para menos.
Justo semanas después de haber pasado exitosamente su Plan Anticrisis sin oposición o protestas, le explotan en la mano unos cacerolazos y una protesta en la Plaza de la Bandera.
El problema no es cuantitativo (aún), el problema es cualitativo.
En la auto asumida imagen de perfección infalible con que el gobierno se ha manejado, cualquier cuestionamiento, por más leve que sea, supone un ataque por debajo de la línea de flotación de todo el relato construido y consumido.
Lo de si el gobierno sobredimensiona o no las redes sociales; si su valoración en torno a algunos actores se corresponden con su peso específico real; o si la sobrerreacción es consecuencia de nunca haberse enfrentado a cuestionamientos de su gestión donde han sido utilizadas las mismas herramientas que, cuando fueron oposición, usaron contra el gobierno del PLD; eso está por verse.
Lo cierto es que el gobierno a lo interno se rasga las vestiduras como si estuviera frente a una guerra civil, y no a un escenario natural, necesario y saludable de protesta ciudadana.
Con seis años por detrás y apenas dos por delante, el mayor problema no serán unas protestas que no tienen un botón de apagado en específico, porque, más que protestas son catarsis hechas por una ciudadanía que siente que el cacareado crecimiento no mejora su calidad de vida; reclamos que hacen individuos, clases y sectores frente a un deterioro paulatino de servicios, programas y ejecuciones de obras públicas del Estado.
Puestos a protestar, todo el mundo tiene al menos un motivo, lo que hace falta es la mecha.
Lejos de ser un problema, la crisis puede ser asumida como una oportunidad para relanzar todo el gobierno.
Justo cuando las fuerzas internas se contradicen; la burocracia se acomoda; los funcionarios se agachan para protegerse ellos, en vez de salir a proteger a su presidente y al gobierno; estos reclamos son la excusa perfecta para que Abinader remenee la mata y relance su plantilla de funcionarios, con nuevos ministros y directores que estén dispuestos a gestionar bien lo que resta de gobierno, a tomarle el teléfono a sus compañeros de partido, a resolverle a la gente, a trabajar más y vitrinear menos… Porque el pleito se echa peleando, no tuiteando.
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