Análisis de Belma Polonia González sobre los tres usos del poder y su impacto en las organizaciones
En un mundo donde la información fluye sin filtros, la capacidad de influir en cómo se interpretan los hechos se convierte en una herramienta clave. Belma Polonia González desglosa las formas en que el poder moldea la narrativa y las consecuencias para las organizaciones.
Los seres humanos no tomamos decisiones de manera completamente racional. Interpretamos el mundo a través de atajos mentales, percepciones incompletas y narrativas que nuestro cerebro construye para simplificar la complejidad. Y ahí es donde el poder tiene la capacidad de influir en la manera en que otros interpretan la realidad. Cuando un líder comunica una situación selecciona qué enfatizar, qué omitir y qué significado otorgar a los hechos. Esa capacidad puede utilizarse de tres maneras.
1. Poder para engañar. Ocurre cuando la narrativa se construye para distorsionar la percepción de la realidad. Los hechos no necesariamente desaparecen; simplemente son presentados de una forma que conduce a una conclusión específica. Las personas solemos aceptar con facilidad las historias que parecen coherentes, incluso cuando la evidencia es limitada. Nuestro cerebro prefiere una explicación convincente antes que reconocer la incertidumbre. Por eso la manipulación resulta tan efectiva.
2. Poder para dirigir. Aquí el liderazgo utiliza la narrativa para generar claridad y la realidad sigue siendo compleja, pero se vuelve comprensible. El objetivo no es controlar la interpretación de las personas, sino ayudarlas a navegar en ella. Las organizaciones apoyan este tipo de liderazgo porque la incertidumbre es inevitable. Cuando falta dirección, las personas llenan los vacíos con especulación y cuando existe claridad, es porque se priorizó la alineación organizacional.
3. Poder para dominar. En este caso, la influencia deja de apoyarse en la comprensión y comienza a apoyarse en la autoridad donde la narrativa ya no busca explicar, busca imponer, las preguntas se perciben como amenazas y las diferencias de criterio se interpretan como resistencia y poco a poco la organización desarrolla un fenómeno llamado “la ilusión de certeza” donde todos parecen estar de acuerdo, todos parecen entender, todos parecen alineados, pero la realidad es que cuando desaparece el “desacuerdo inteligente”, también desaparece el aprendizaje organizacional. La conclusión es que una de las responsabilidades más importantes del liderazgo moderno es administrar narrativas porque las organizaciones responden a los hechos, pero también a la interpretación que hacen de esos hechos. El poder más peligroso es el que controla percepciones y el liderazgo más valioso es el que renuncia a manipularlas para lograr confianza. Las organizaciones más saludables no son aquellas donde todos piensan igual, son aquellas donde la realidad puede verse con claridad, discutirse con honestidad y enfrentarse con coherencia en el hacer.










