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Tecnologia

Antes la gente tenía más paciencia

La gente antes sabía esperar de una manera que hoy parece casi imposible.

Esperaban cartas que tardaban semanas, turnos larguísimos y visitas que no tenían hora exacta de llegada.

Y aun así la vida seguía sin tanta desesperación acumulada.

Hoy cinco minutos parecen demasiado.

Una página tarda en abrir y ya sentimos irritación, un mensaje sin responder crea ansiedad inmediata, vivimos en una época donde todo debe ocurrir rápido, y cuando algo se retrasa sentimos que el mundo entero está funcionando mal.

No se trata de decir que antes todo era mejor, porque también había dificultades enormes, limitaciones y cansancio, pero existía otra relación con el tiempo.

Más lenta, más tolerante y quizás un poco más humana.

Antes la gente se sentaba afuera a coger fresco sin sentir culpa por “perder tiempo”.

Las conversaciones duraban horas y nadie estaba mirando constantemente un reloj o revisando notificaciones. Incluso aburrirse formaba parte natural de la vida.

Cada vez que “cojo” carretera para visitar los pueblos del país observo que la gente está frente a sus hogares, sentada en una silla de madera recostada a la pared bajo la sombra de un árbol, no durmiendo siesta, sino reposando la comida y compartiendo con sus vecinos.

Ahora pareciera que siempre debemos estar produciendo algo, trabajando, respondiendo, aprendiendo o avanzando, porque descansar generaría culpa, como si quedarse quieto fuera una señal de fracaso.

La rapidez moderna ha traído comodidad, claro que sí, pero también ha llenado a mucha gente de una ansiedad permanente difícil de explicar.

Queremos llegar rápido a todas partes y muchas veces ni siquiera sabemos exactamente hacia dónde vamos.

Quizás el problema no es la tecnología ni el progreso, tal vez el problema es que olvidamos cómo convivir con la pausa, cómo respirar sin sentir que estamos atrasándonos frente a los demás.

Las generaciones anteriores tenían menos facilidades, pero parecían soportar mejor ciertas incomodidades inevitables de la vida, sabíamos esperar noticias, resultados y oportunidades sin destruirnos emocionalmente en el proceso.

Y aunque el mundo jamás volverá a moverse al ritmo de antes, quizás todavía podemos aprender algo de esa paciencia vieja que permitía vivir con menos prisa interna y con más capacidad de disfrutar momentos sencillos sin sentir que siempre faltaba algo más por hacer.

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