Habrá que acostumbrarse a que de ahora en adelante (por lo menos hasta enero de 2029), en cada proceso electoral en Latinoamérica o Europa, dependiendo de los candidatos que concurran como punteros y su filiación ideológica, veremos cómo el presidente Trump fijará posición, y claramente pedirá el voto para el de su preferencia, por las razones que entienda.
En puridad, podría decirse que esto es injerencia.
Como vivimos en una época donde, más que la verdad, decir lo que se piensa sin temor a consecuencias jurídicas, morales o sociales es un signo característico de estos tiempos –independientemente de si “la verdad” lo sea o no–, la pregunta obligada que debemos hacernos es: ¿y cuándo ha sido diferente? El problema es el rasero moral con que medimos las cosas, y la premisa asumida –que opera de manera subconsciente– de que hay posiciones que, por descontado son correctas, y otras que no.
Por ejemplo, Peña Gómez era prolijo en traer apoyos y endosos internacionales en las fases finales de sus campañas, y sus seguidores, más que cuestionar apoyos del Partido Demócrata, Diálogo Interamericano, el black caucus, o qué hacía el entonces Secretario General de la Internacional Socialista pidiendo el voto para él –en el cierre del 94–, aplaudíamos frenéticamente esas intervenciones porque eran a favor del líder y la causa, por lo tanto, no eran una “injerencia”… era lo correcto.
Atrapado en un frasco de formol, Balaguer intentó pelear en el mismo escenario, pero el doctor no había cultivado con igual esmero relaciones similares en su parcela ideológica (Ito Bisonó tomó en aquellos años muy buenos apuntes sobre ello), aunque igualmente recibió apoyo discursivo de la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA), gobiernos y partidos aliados, en una (también) clara manifestación de “injerencia”.
Siendo simplistas (muy), hace 30 años lo consecuente era estar de un lado específico del espectro político.
Hoy, por las razones que sea (extremadamente complejas), el movimiento pendular de la historia reclama lo mismo… pero en sentido opuesto.
Trump es, más que un líder o impulsor, el resultado de un proceso de cambio ideológico que empezó hace tiempo.
Actúa más como expresión, concreción y catalizador de una dinámica política, que como ideólogo de la misma.
“Injerencias” como tales no las hay, lo que existe es lo de siempre.
Las logias ideológicas posicionando a los suyos; haciendo esfuerzos de todo tipo para ampliar las redes de aliados y el entramado de colaboración.
El mar nunca cambia, sólo cambia la dirección del viento… Es bueno tomar nota de eso, porque en 2028 aquí habrá elecciones, y, en un país donde un 22% de su población vive en EEUU, donde la visa pesa y condiciona, y las estadísticas económicas confirman la importancia estratégica de nuestro gran aliado, seguramente seremos testigos de pronunciamientos del presidente Trump pidiendo el voto para este o para aquél candidato.
La pregunta es: ¿para quién? Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES Gente accidente Aéreo.









