El país compra más de 5,000 millones de dólares y solo exporta 326 millones a China
Un análisis cuestiona si China es un aliado o un competidor que está desplazando a los empresarios dominicanos en toda la cadena comercial, desde la importación hasta la venta al detalle, con un desequilibrio comercial que supera los cinco mil millones de dólares.
En un artículo anterior se destacó la brillantez de la estrategia económica china frente a la miopía de América Latina. En el caso de la República Dominicana, ha llegado el momento de formular una pregunta que las autoridades no deberían seguir posponiendo: ¿qué representa realmente China para el país: un aliado, un socio comercial o un competidor decidido a controlar progresivamente el mercado?
China se ha convertido en uno de los principales proveedores de la República Dominicana. En 2024, el intercambio comercial entre ambos países superó los cinco mil millones de dólares. Sin embargo, detrás de esa cifra se esconde un profundo desequilibrio: las exportaciones dominicanas hacia China apenas alcanzaron unos 326 millones de dólares. La relación comercial funciona, por tanto, casi en una sola dirección. Se compra mucho y se vende muy poco.
El problema ya no se limita al enorme déficit comercial. Durante décadas, los productos chinos llegaban al país a través de una extensa cadena de empresas dominicanas: importadores, distribuidores, ferreteros, comerciantes e industriales compraban mercancías o materias primas fabricadas en China y las colocaban en el mercado. En esa cadena participaban miles de empresas familiares que generaban empleos, pagaban impuestos y reinvertían sus beneficios en el país. Muchas han pasado de una generación a otra y forman parte del tejido económico y social de los pueblos y ciudades.
Ahora se observa una transformación que debe preocupar: los capitales procedentes de China ya no parecen conformarse con fabricar los productos que se consumen. Están entrando directamente en la importación, la distribución y la venta al detalle. Se instalan establecimientos de enormes dimensiones, incluso en comunidades pequeñas, y comienzan a competir no solo con el ferretero o el comerciante independiente, sino también con las grandes cadenas dominicanas establecidas durante décadas. La estrategia parece abarcar progresivamente todos los eslabones: fabricar en China, exportar desde China, importar en la República Dominicana, distribuir dentro del país y vender directamente al consumidor dominicano.
De continuar esa tendencia, la participación del empresario nacional irá desapareciendo de toda la cadena comercial. Algunos responderán que la llegada de esos establecimientos beneficia al consumidor porque ofrece precios más bajos. El argumento puede resultar atractivo en el corto plazo, especialmente en una sociedad donde una parte importante de la población tiene ingresos limitados. Sin embargo, un precio bajo no siempre representa el costo verdadero para una nación. Si para obtenerlo desaparecen empresas dominicanas, se pierden empleos formales, disminuyen las recaudaciones fiscales y el país termina dependiendo de una sola fuente de suministro, el supuesto ahorro puede resultar extremadamente costoso. La competencia es beneficiosa únicamente cuando todos sus participantes están sujetos a las mismas reglas.











