La también se mide por la manera en que administra su , porque no todo recuerdo merece ser celebrado ni todo olvido debe confundirse con justicia.
Hay , hechos y conductas que deben permanecer en la historia no como modelos de éxito, sino como , para que la sociedad no termine glorificando aquello que debería condenar.
En ese sentido, la llamada , o condena de la , nació en la como una sanción extrema contra quienes eran considerados traidores, enemigos del Estado o indignas de permanecer en la pública, por lo que sus nombres, imágenes y símbolos eran borrados como forma de y advertencia colectiva.
Aunque aquella práctica respondía a la lógica imperial de su tiempo, el concepto conserva una para las sociedades actuales, debido a que plantea una de enorme importancia: qué debe hacer una comunidad cuando determinadas , lejos de generar rechazo, comienzan a ser presentadas como ejemplos de poder, astucia, riqueza o ascenso social.
En la , esa reflexión adquiere sentido frente al intento de normalizar la figura del como personaje exitoso, influyente o digno de admiración, especialmente cuando sectores vulnerables de la juventud reciben mensajes que asocian , ostentación, violencia y desafío a la ley con una supuesta forma de triunfo social.
El caso de resulta emblemático, no solo por su historia vinculada al , sino por la forma desafiante en que llegó a proclamarse públicamente » «, expresión que hiere la , golpea la colectiva y convierte el delito en una especie de medalla exhibida ante la sociedad.
La gravedad de esa no reside únicamente en la frase, sino en lo que revela como síntoma cultural, porque cuando un condenado por puede presentarse ante la con tono de orgullo, sin consecuencias proporcionales en el plano social, mediático o jurídico, queda al descubierto una zona peligrosa de tolerancia frente a la.
La sobre constituye el principal instrumento jurídico dominicano para enfrentar la producción, distribución, tráfico, posesión y demás delitos vinculados a sustancias prohibidas, pero su arquitectura responde sobre todo a la del hecho material, no necesariamente a la promoción simbólica, mediática o cultural del como modelo de poder.
Por eso, más que invocar la censura o abrir la puerta a persecuciones contra la , lo que corresponde es discutir una seria, equilibrada y garantista, que sancione la organizado, del y de toda forma de violencia que pretenda convertir al delincuente en o figura aspiracional.
La condena de la , entendida en su dimensión ética, no debe servir para borrar la historia ni para ocultar verdades incómodas, sino para impedir que el sea elevado a categoría de ejemplo.
Un pueblo que convierte a sus verdugos en celebridades no solo degrada su presente, sino que compromete moralmente el futuro de sus generaciones..











