Los espejismos son proyecciones distorsionadas de la realidad que confunden a quienes los ven, ya sea haciéndoles ver realidades inexistentes, o sobredimensionando proporciones de la imagen visualizada.
A veces, los espejismos son consecuencia de un delirio colectivo; un fenómeno donde un grupo de personas comparten un conjunto de creencias o miedos que, catalizados por un evento disparador concreto, se proyectan sobre un estado generalizado de estrés y ansiedad que les hace “ver” objetos o situaciones inexistentes.
Por ejemplo, si las autoridades competentes indican que la inflación está en el rango meta, la tasa de cambio en el nivel proyectado, y los principales indicadores (zonas francas, inversión extranjera, exportaciones, turismo, remesas) crecen según unas estadísticas interanuales no cuestionadas, ni siquiera por la oposición, ¿cuáles entonces son los fundamentos que motivan, no sólo los incipientes cacerolazos de los últimos días, sino los piquetes frente al congreso, en la Churchill, marchas hacia Palacio de diversos colectivos, reclamos en redes sociales etc.? Ninguna protesta es pequeña o insignificante si es el pueblo quien la hace.
No se trata sólo de que el gobierno tiene el deber de garantizar ese derecho, sino la obligación de escuchar esos reclamos.
¿Acaso se rompió el encantamiento?, ¿la gente no cree al gobierno¿, ¿hay un complot en marcha para desestabilizar el país?, ¿la oposición quiere pescar en rio revuelto?, ¿todas las anteriores o ninguna de ellas? En sentido estricto, aunque el gobierno no coarta la libertad de expresión, agrupación o movimiento, ni mucho menos prohíbe protestas, le toca escuchar a la ciudadanía –sí–, pero desde el Estado de derecho y las vías institucionales y democráticas.
Si la gente quiere protestar, que proteste.
“Los problemas de la democracia se resuelven con más democracia”, y al gobierno le toca hacer creíble en la percepción lo que la realidad numérica evidencia.
El problema no son los datos, que están ahí, el problema es el relato.
La estadísticas no convencen si la gente no percibe que mejoran su calidad de vida.
Cuando Luis Abinader elogiaba los cacerolazos el 20 de febrero de 2020, hacía cuatro días que, por primera vez en nuestra historia, se habían suspendido unas elecciones nacionales (si hubiera sido en Colombia, Ecuador, Perú o Bolivia, todavía se estuviera peleando).
Los contextos y reclamos no son iguales, y comparar 2020 con 2026 es pretender comparar peras con manzanas… pero igual son frutas, y el gobierno no puede soñar con que el camino hacia 2028 estará lleno de rosas, porque también habrá espinas.
Que no se pierda ni el gobierno ni el congreso en el derecho a protestar de la gente, pero que la gente no pierda de vista que la paz social que hoy tenemos, es producto de ese crecimiento económico que beneficia a todos, y que eso ha sido posible gracias a nuestra estabilidad política, y, si se pierde eso, se pierde todo.
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