Mi nieto llevaba un rato tarareando, de manera insistente, una melodía hermosa.
Era parte de unos “muñequitos”, de esos que ahora llaman anime.
Yo lo escuchaba complacida, casi enternecida, porque su voz entonaba con dulzura aquella canción que, a primera impresión, parecía inocente y agradable.
La melodía era tan bonita que sentí curiosidad por conocerla mejor y hasta aprenderla yo también.
Él mismo me ayudó a buscarla.
Me la puso con entusiasmo, pero cuando la canción iba por la mitad, la detuvo de pronto y me dijo: “Ya no la puedes escuchar más.
De ahí en adelante te puede dar mucho miedo”.
Luego me la quitó.
Aquella advertencia, lejos de tranquilizarme, despertó aún más mi inquietud.
Insistí en encontrarla y leer su contenido.
Fue cuando descubrí que la letra, aunque envuelta en una música atractiva, comenzaba a tornarse confusa y perturbadora.
Hablaba de oscuridad, de la noche, de máscaras, de sombreros, de no poder escapar, de no poder correr, e incluso insinuaba una especie de posesión sobre la vida del otro.
Todo ello acompañado por una música cada vez más distorsionada.
Sentí una profunda incomodidad, impotencia ante la sensación de que no estamos protegidos nosotros y mucho menos los niños, los presidentes y funcionarios del futuro.
Este episodio constituye un ejemplo concreto de cómo una secuencia musical puede fijarse en la mente infantil y acompañar su juego, su movimiento corporal y su lenguaje cotidiano.
Lo más preocupante no es únicamente que una canción sea pegajosa, sino la combinación entre una melodía atractiva y un contenido emocionalmente oscuro.
Desde la psicología sabemos que la repetición rítmica, la novedad, el contraste emocional y la estimulación audiovisual favorecen la atención, la memoria y el aprendizaje temprano.
En otras palabras, aquello que se canta muchas veces puede quedar grabado incluso antes de ser comprendido plenamente.
La música no funciona solo como entretenimiento.
También organiza emociones, crea asociaciones y deja huellas afectivas.
Cuando un niño tararea una canción de este tipo, no está simplemente repitiendo sonidos agradables: está reproduciendo un estímulo que ya logró instalarse en su mundo interno.
Con el tiempo, esas frases, imágenes y atmósferas pueden aparecer en sus juegos, en sus palabras y en su manera de manejarse en la sociedad.
No se trata de demonizar todo contenido moderno ni de convertir la crianza en una vigilancia angustiosa.
Tampoco se trata de censurar sin pensar.
Se trata, más bien, de mirar con más atención.
Hoy los niños están expuestos a una cantidad inmensa de estímulos, muchos de ellos diseñados para captar su atención de forma inmediata.
Y los padres, abuelos o cuidadores no siempre pueden acompañar cada minuto de lo que consumen.
La pregunta entonces es inevitable: ¿quién protege a los niños de los mensajes que llegan a su sensibilidad antes de que tengan herramientas para comprenderlos? ¿Quién regula, orienta o advierte sobre contenidos que se presentan como entretenimiento infantil, pero que pueden cargar símbolos de miedo, encierro o amenaza? Como sociedad, necesitamos conversar más seriamente sobre lo que entra por los ojos y los oídos de nuestros niños, son almas en formación no solo aprenden de lo que les enseñamos directamente; también aprenden de lo que repiten, de lo que cantan, de lo que miran y de lo que, sin saberlo, comienzan a sentir como familiar.
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