Hay tantos que me resisto a quedarme con uno solo.
Prefiero que cada viaje contradiga al anterior y conserve intacta la.
Cada visita descubre una ciudad distinta, aunque las calles sean las mismas y el continúe extendiéndose como un mar de aguas pardas.
no se deja poseer de una vez; exige ser leído por capítulos.
Está el del tango, el que inmortalizó con una nostalgia capaz de sobrevivir incluso a quienes nunca lo han habitado, y que borra penas y olvidos.
Está el de , donde una esquina cualquiera conduce a un laberinto, una biblioteca infinita o una conversación sobre el tiempo.
Por eso pudo escribir que juzgaba la ciudad «tan eterna como el agua y como el aire».
Describía, además de una geografía, una condición del espíritu.
Está también el de nuestro , que encontró la muerte en un vagón del ferrocarril bonaerense.
El destino decidió que el más universal de los dominicanos hiciera del viaje su última lección.
Cada regreso me trae su recuerdo.
La le ofreció una segunda patria, pero fue donde esa patria adquirió rostro.
Desde sus cátedras enseñó lengua y literatura, aunque su legado fue mucho más profundo: transmitió una ética del conocimiento, del rigor y de la conversación civilizada que marcó a varias generaciones.
Pocos extranjeros se integraron con tanta naturalidad a la vida intelectual.
, siempre avaro para el elogio, escribió de él que era «uno de los hombres más memorables que he conocido», y lo evocó igualmente como uno de los grandes maestros de su tiempo.
Caminar hoy por las calles porteñas es recordar que uno de los nuestros ayudó silenciosamente a engrandecer una urbe que durante buena parte del siglo XX fue la capital intelectual de Hispanoamérica.
Está el que la cátedra universitaria fijó para siempre en mi memoria.
Estudié un libro inolvidable: , del historiador.
Su tesis era tan sencilla como reveladora: para comprender la había que empezar por.
Más que la capital política, era el por donde desembarcaban inmigrantes, ideas y capitales; el centro editorial, financiero y universitario; el escenario donde el país debatía consigo mismo y, con frecuencia, decidía su destino.
Basta observar los mapas económicos que dibuja Scobie.
Todas las parecían obedecer a una misma lógica, converger sobre la capital como los radios de una inmensa rueda.
Los británicos tendieron aquella red ferroviaria para conectar las pampas con el ; era un gigantesco embudo por el que descendían los cereales, la carne, la lana y los cueros producidos en una de las tierras más fértiles del planeta.
Desde los muelles de esa riqueza emprendía viaje hacia Europa y el resto del mundo.
Los trenes transportaban, además de mercancías, la convicción de que la había encontrado un camino hacia la prosperidad.
Recuerdo también mi primer , cuando la huella británica todavía se percibía con naturalidad.
Allí estaba , la única sucursal que la legendaria tienda londinense abrió fuera del Reino Unido.
Entrar en aquel edificio de la calle Florida equivalía a atravesar el Atlántico sin abandonar la ciudad, un recordatorio silencioso de la influencia económica y cultural que Gran Bretaña ejerció durante décadas sobre una Argentina que figuraba entre las economías más prósperas.
Y está el que reaparece ahora, distinto y reconocible al mismo tiempo.
La ciudad despliega una majestuosidad urbana que pocas capitales americanas pueden igualar.
, Belgrano, , Barrio Norte, Retiro o San Telmo conservan una elegancia construida cuando la soñaba con codearse entre las grandes naciones del mundo.
Las avenidas parecen concebidas para el paseo, los parques ofrecen un respiro continuo y los edificios hablan el lenguaje de una arquitectura que nunca renunció a la belleza.
Sus calles honran a héroes nacionales, escritores, científicos y también a los países vecinos, como si la geografía pudiera convertirse en una forma de diplomacia.
En ninguna parte esa vocación alcanza tanta intensidad como en el.
Su perfección acústica y su lo convierten en mucho más que una sala de conciertos.
Es la declaración de principios de que entendió la cultura como parte de su identidad.
Allí uno comprende que la música puede convertirse en arquitectura y que ciertos edificios terminan siendo la mejor fotografía de un pueblo.
Muy cerca, el recuerda otra ambición nacional.
Erigido para celebrar el cuarto centenario de la primera fundación de la ciudad, se alza con una altura que supera incluso la de los obeliscos egipcios que inspiraron su forma.
rinde homenaje al sin renunciar a superarlo.
Las ciudades trascienden sus monumentos.
también exhibe las cicatrices de décadas de , devaluaciones y frustraciones.
Bajo la magnificencia de muchas fachadas sobreviven , gente sin techo, jubilados que cuentan cada peso y que aprendieron a convivir con una incertidumbre casi cotidiana.
La belleza permanece, aunque ya no siempre alcance para ocultar las heridas.
Es en ese escenario donde emerge el de.
Más que una ciudad distinta, representa una atmósfera nueva.
El presidente ha vinculado su destino político a un que no concede tregua en la batalla contra la ni en el intento de devolver credibilidad a una moneda que durante años castigó el ahorro y empobreció a millones de argentinos.
Sus reformas dividen opiniones, pero nadie puede negar que expresan el agotamiento de un modelo que parecía incapaz de ofrecer una salida.
Milei ha impuesto además un estilo político tan singular como estridente.
Convierte la confrontación en método de gobierno, domina la conversación pública con denuncias espectaculares y no vacila en apostrofar a sus adversarios dentro y fuera de la.
El presidente brasileño Luiz Inácio figura ahora entre sus blancos predilectos.
Para unos, esa actitud representa autenticidad; para otros, una innecesaria.
Lo cierto es que ha conseguido instalar un que acompaña una transformación económica cuyos resultados todavía se encuentran en desarrollo.
Sin embargo, siempre termina imponiéndose sobre sus gobernantes.
La ciudad posee una capacidad extraordinaria para sobrevivir a las.
Ha visto desfilar caudillos, militares, populistas, liberales y reformistas sin perder la esencia que la distingue.
Continúa siendo una ciudad donde los prolongan conversaciones infinitas, donde las librerías parecen desafiar el avance de las pantallas y donde una caminata basta para vivir varias épocas de la historia.
También nos queda hoy más cerca.
Los y sin escalas han acortado la distancia entre y el , y para muchos viajeros dominicanos la vigente facilita además el ingreso al país.
Nunca fue tan sencillo descubrir una ciudad que ofrece una lección permanente de historia, literatura, arquitectura y música.
Siempre que puedo, regreso.
No únicamente por el.
Ni por la.
Ni por los , ni por los vinos, ni por la buena mesa.
Ni siquiera por esa que parece suspendida sobre la ciudad.
Regreso porque encarna la paradoja fascinante de un país que conserva intactos los símbolos de una grandeza extraordinaria mientras continúa buscando el camino para reconciliarse con ella.
Regreso creyendo que voy a encontrar una ciudad y termino reencontrándome con una parte de mi propia biografía.
Al final, cada visitante construye su propio.
El mío comenzó en las aulas universitarias, siguió entre los escaparates de , se enriqueció con , y , y hoy incorpora el experimento político de Milei.
Todos conviven sin excluirse, porque nunca reemplaza una identidad por otra: las acumula.
Medio siglo después de haber estudiado a Scobie, recorriendo nuevamente las avenidas bonaerenses comprendo que su libro explicaba mucho más que un país: explicaba, una y otra vez, cómo una ciudad puede llegar a ser la descripción de.
Las ciudades verdaderamente grandes no pertenecen a una época ni a un gobierno.
Son una conversación inacabada entre el y el porvenir.
sigue siendo el ensueño de un sur que se niega a rendirse y la pasión de una cuyo compás parece vencer al tiempo.
Uno siempre se marcha con la impresión de haber comprendido algo de ella y, al mismo tiempo, con la certeza de que el próximo viaje descubrirá otro , igualmente verdadero..










